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lunes, 3 de agosto de 2015

"Le tengo que enseñar a no enamorarse"


Fue tan duro. Dios me conoce y me respeta cuando digo mirando al cielo pero con mis puños apretados, que fue terriblemente duro.

Nació, y tuve tiempo a abrazarlo una vez. Su pelo, el poco que tenía, estaba mojado entre sangre y otros líquidos. No me importó. Era mío. Mi campeón.

Aún no había tenido tiempo a darle un beso cuando entraron a arrebatármelo. El médico me contó que tenía el lado izquierdo del corazón mucho más pequeño que el derecho.

Nunca dejéis a un hijo en las puertas del quirófano, cuando lo arreglen a él, tendrán que empezar contigo, y para entonces, ya poco te importa lo que a ti te pase.

Estuvo ocho horas encerrado. Yo estuve las ocho fuera.

La operación duró las ocho horas, tres de ellas con el corazón parado.

El mío lo estuvo las ocho horas. Repito, aunque os hagan luchar por ello, nunca dejéis a un hijo en las puertas del quirófano solo.

Ocho horas, y salió. Vivo. Mi pequeño estaba vivo. Vi como su pequeño pecho se agitaba pacíficamente de arriba a abajo. Mi pequeño. Su cicatriz estaba tapada, y aun a día de hoy, se cierra más cada día, pero...la que yo llevo por dentro, no, esa tardará mucho más en cicatrizar.

El otro día le vi sonreír, y mi mundo brilló por un instante. Quizás ni siquiera sabía por qué sonreía. Quizás, porque sabía lo mucho que necesitaba verle feliz, al menos, por un instante.

Solo hay una cosa que me pesa, me pesa mucho.

Pero tendré que enseñarle algo muy difícil, pero en su caso, necesario.

Le tengo que enseñar a no enamorarse. No puedo dejar que le rompan el corazón, ya tuvimos que arreglárselo una vez.

Y el mío, no se recuperaría. Ya no.

Digo, mientras le veo en mi regazo, feliz, dormido, con su pequeño corazón unido al mío, y un mundo que pienso enseñarle de la  mano.

..........


Dedicado a Diego, a su padre que una noche me hizo llorar, y al futuro que le espera a su pequeño teniendo un guardián así.




lunes, 26 de enero de 2015

Tonterías



Al cálido abrigo del fuego de la chimenea, Bávaro bebía de su ya hastiada copa de vino. Siempre tres sorbos, después, alimentaba la llama que su luz le profesaba.
Su mirada se dirigía a la hoguera, mas, sin embargo, no veía nada. Solo pensaba en ella.

Ella que tanto le había aportado a sus cantares, a sus melodías, a sus sueños...ella que le había conferido el vigor que solo la certeza de una magia incomprensible podía llegar a responder...ella, que desde que su vida invadió logró hacer que sus tonos al cantar fuesen más graves, y su timbre al hablar, más agudo.

Sin embargo, fue como un sol, un astro fugaz. Llegó de manera tímida, proyectó toda capacidad lumínica en su vida y, finalmente, de manera astral, imparable e incomprensible lo sumió todo de nuevo en penumbras.

"Tonterías..."

Era creíble, aunque no muy a su pesar, cierto, que quizás su reciente éxito se debiese, en parte, a que se había vuelto loco, y ella, su piel nueva cada mañana pues la acariciaba hasta el extremo, fuese mentira.
Que sus labios, conocedores de los suyos más que otro ser en el universo, no existiesen.
Que sus ojos, proyectores de todo camino que él tomaría sin mirar atrás, nunca hubiesen estado frente a él.

"Tonterías..."

Pero sin embargo, si fuese cierto, se negaría. Habían hecho el amor en cada parte de aquella casa, en cada parte de él...¡Si hasta se ensimismó en violar la virginidad del piano para recordarla en cada concierto!

No, ella había existido...ella era magia, pero claro, de haberse quedado...¿Qué esperanza quedaría para un mundo ya tetrapléjico de no sentir en sus venas una chispa de incomprensible misterio?

No, ella debía ser suya...pero pertenecía al mundo entero.

"Tonterías..."

Y mientras se daba cuenta de que gracias a ella su voz conmensuró la más bella de las tonalidades, que todo un mundo disfrutaba de sus canciones porque un hada masturbó su espíritu hasta ser capaz de sacar lo mejor de sí, lo confesó:

"Te amo..."

Y una mano tocó su hombro, sin llegar a saber si era la de ella, o la de un empleado del psiquiátrico, la pastilla en su vino hizo efecto rápidamente.

domingo, 5 de octubre de 2014

Carta de Peter Pan a Campanilla

En Nunca Jamás no hay fecha, como bien sabes.

Hola, aunque creo que nunca me digné a saludarte así.

Debo empezar, por el final. Eres la única hada que he conocido. Tus polvos me impregnaron hasta hacerme elevar. No crecí contigo, y no pienso crecer. Eres la magia que un niño como yo siempre buscó y, por un tiempo, eso me diste.

Ahora, me he hecho mayor, lo que significa que debo marchar y no volver. No he crecido. No he dejado de creer en las hadas. Yo creo, sí creo. Pero no...me he hecho mayor, y cuando uno se hace mayor entiende que la magia es para los que no se la han ganado.

Te encontré con las alas rotas. No me digné a mirarte con ojos de cazador, sino que desempolvé mis manera de niño y traté de hurgar en todas tus heridas menos en las de tu libertad.

Me sorprendí cuando, al verte más sana, vi que eras un hada. Y qué sorpresa para mi...eras Campanilla.

Me enseñaste en poco tiempo la existencia de Nunca Jamás. Me enseñaste a reír y a volar...y finalmente me enseñaste lo que es tener cada parte de tu cuerpo sostenida por unas manos diminutas pero llenas de fuerza...

Pero...finalmente curaron tus alas...y me dijiste que probablemente no podríamos volver a vernos. Tus alas, tu libertad, tu naturaleza de hada me atormentó con aquella frase. Sin embargo mi cuerpo, mi alma, mi inocencia de niño entendió que no era por desinterés, sino muy al contrario...era porque, al ser yo tu Peter Pan...pensabas en algunos instantes en plegar las alas....

Y te entendí...

Ahora vete, y no vuelvas. No qiuero verte por Nunca Jamás...porque ya no voy a estar. Voy a volver al mundo de los adultos donde todos me miran, donde soy un todo en nada, una nada en un todo.

Siempre entenderé tus ansias de volar, porque de ellas me enamoré...pero desearía haber tenido más tiempo para creer en las hadas. Ellas son pocas, y tú, de entre todas, fuiste la más mágica de todas.

Siempre tuyo, un niño en el cuerpo de un hombre...



Peter Pan

domingo, 17 de agosto de 2014

La leyenda de Solámen


Hay una leyenda que desafía toda lógica, pues en ella se encuentra la más pura aversión a la violencia, y, a su vez, el mayor gesto de amor y dedicación que ningún soldado de Versia jamás haya protagonizado.

Solámen era un simple escritor de una ciudad de las guerras Únicas en el lado oeste de Ephilium. Allí, un poderoso señor de la guerra llamado Zeúl estaba protagonizando auténticas masacres, y, a su vez, el joven literario estaba cayendo en las profundidades más ocultas de lo que los libros llamaban amor.

El nombre de ella es desconocido. Él se encargó de que nunca se supiese. La mantuvo a salvo.

Al empezar a decaer las fuerzas de la corte, empezaron a reclutar a jóvenes de manera forzada. Entre ellos fue a caer el cargo en Solámen, que no dudó en defender su tierra, pues su ciudad se encontraba en las cercanías de las batallas contra Zeúl.

En la primera batalla, herreros, entrenadores, rudos domadores de caballos, armeros, maestros navegantes. Muchos con experiencia, fuerza e instrucción militar cayeron. Pero no Solámen. El joven escritor, aunque aterrorizado, acabó con las vidas de cientos de sus adversarios. Su espada, una tosca vara militar, era inexperta en sus manos...

...pero la valía que demostraba era un prodigio.

Tras varias batallas con las milicias, Solámen fue llamado a hablar con el rey de Ephilium. Éste le prometió cualquier deseo que anhelase de llevar sus tropas a la victoria.

Sin embargo, el joven escritor, pese a carecer de músculos, era arbitrario en cuanto a inteligencia, y sabía a ciencia cierta que aquellas guerras, las guerras Únicas, iban a tardar años, quizás décadas. Aquel señor de la guerra había captado adeptos por doquier.

Pese a enviarle a diario misivas a su amada, se dio cuenta de que, probablemente no la volviese a ver, a su pesar.

-Deseo, no sin egoísmo ni soledad, que me hechicéis para que, siempre que mire la luna, vea, no solo su rostro, no solo sus labios, no solo sus cabellos. Quiero que la misma luz lunar sea el destello que desprende su mirada. Ella será mi estandarte. No lucho por estas tierras, sino por las suyas.

Los pocos soldados que sobrevivieron a las guerras Únicas describen a Solámen como un demonio que apareció de la nada. Miraba al cielo tras matar a cada enemigo, tras sesgar cada vida que debía arrebatar para salvaguardar a los suyos.

Otros, sin embargo, lo describen como un suicida. Las veces en que se inmoló en grupos de soldados de Zeúl que franqueaban a los suyos, y tras recibir severas heridas, vencía, eran innumerables. No era un capitán. No era un sargento. Era un escritor, pero para ellos, era un líder.

No dejó de enviar ni una de las cartas a su amada. En cada día, el enviaba una poesía. Ella le respondía siempre con estupideces, y ambos eran conscientes lo que sanaba el corazón de Solámen leer sobre el pan, sobre el agua de la fuente de su ciudad.

Pese a todo, su campaña, tras varios años, fue en aumento en cuanto a éxito. Llegaron a cercar en batalla a Zeúl, pero éste había reclutado cientos de mercenarios.

Mientras el enmigo cargaba, todos los soldados ephilenses miraron al enemigo, furiosos. Solámen miraba la luna.

-No hay en un mundo como éste oscuridad suficiente para callar la luz que tus ojos desprenden-Se oyó suspirar entre los comandantes al lado del escritor.

Nadie vio como murió Solámen. Lo encontraron con una daga en su corazón, mientras, en su mano, sujetaba la misma espada que siempre había llevado, y, sin embargo, ésta atravesaba el pecho muerto del señor de la guerra.

Todos creyeron que fue asesinado.

Sin embargo, la última carta que Solámen envió, y que su amada destruyó terminaba con una cita:

"Pese a todo voy a amarte en cada bocanada de aire que exhale, pero ya no puedes amarme. Ya no somos los mismos. Me he convertido en lo que más odio, y por ello, no voy a volver. No voy a ser símbolo de la muerte de miles de granjeros. Solo mira la luna cuando me heches de menos, cuando me extrañes. Si vislumbras un brillo, siénteme en tu corazón, pues será mi alma corrompida, que acaricia el único acto de pura bondad que realicé en mi vida. Eternamente tuyo, Solámen"

domingo, 27 de julio de 2014

Una luz que parpadea ilumina por igual.


-Y dime, tú, tú que has visto guerras, hambre, peste, dime, tú que has visto lo mejor y lo peor del ser humano, ¿Qué hay en él qué te produce semejante sentimiento de ternura y tristeza, que es el único de nosotros que capta tu atención?

-¿Atención? Sí, supongo que podrías llamarlo así, aunque cabe más que ello, la admiración.

-Admiras a alguien que no tiene tierras, que no tiene tesoros, que no busca ni quiere hacerlo.

-Admiro al único humano que he conocido que de tan destrozado que tiene el corazón, repleto de llagas, ya no concibe sentimiento alguno en su interior. Ya no ama. Ya no llora. Ya no siente. Cuando siente unos dulces labios en su mejilla, no encuentra ya en su mente aquel resplandor que agotaba las reservas de la energía que caracteriza al ser humano. No. Él ya no tiene luz, ni la quiere, pero la busca.

No, querido amigo. Yo quizás seré la muerte, pero aquí, este hombre suburbano representa lo más pobre de la humanidad. La soledad. Sois millones, miles de millones, y sin embargo no recordáis que es el hecho de amar de tal manera que no hay extensión mayor que la mirada imperceptible de la persona amada. Sin embargo, a su vez, representa y hallo en él la mayor fuerza de la que disponéis. Él lucha.

Otro ya se habría rendido. Sois tremendamente sensibles a lo que una herida representa, pero cuando se trata de que os hayan tocado vuestras entrañas, rabiáis, pataleáis y, en última instancia, calláis.

Pero él no. No sabe lo que es el amor, no ya, ni la fuerza del miedo, ni del terror. Ni siquiera la decisión puebla su mirada. Es la más pura prueba de que sin emociones, no sois nada, puras carcasas de carne y hueso que deponen todo a las emociones más básicas.

-¿Y...pese a todo...?-Acabó preguntando Apostífones, dubitativo.

-Pese a todo, él amó, y de la manera más pura que existe. Su cuerpo es un cuarto oscuro, sediento de aquella luz que tiempo ya, una vez, le inundó. Ahora no, ni lo desea, aunque lo busca. Porque un corazón muerto no puede redimirse de la porción de muerte que ya le pertoca, y él lo sabe, pero, también sabe con el mismo fervor, que no hay mayor gloria que luchar por una causa perdida. Y él es, a día de hoy, el último de una estirpe de luchadores.

Aquellos que luchan las batallas que nadie se atreve, aquellos, algún día dominarán el corazón de toda la humanidad. Pero hoy, no es ese día.


domingo, 6 de julio de 2014

Cestifeneo y la prisión mágica.


La puerta del improvisado y falso tribunal era tosca y oscura, así como el ambiente húmedo y añejo. A su espalda se hallaban seres de toda clase social, tamaño, grandeza, pasado, presente y futuro. No había distinción en los actos en los que se presume el beneficio de la duda, aunque éste se halle ausente.

Él se encontraba allí, frente a ellos, sobre un pequeño montículo de madera. Sus manos esposadas eran más un símbolo, y sus enormes ojeras eran las auténticas acusadoras, así como los tatuajes salados que caían desde sus párpados hasta su cuello, rebasando las blancas mejillas de su cara.

Las paredes de aquella penitenciaria eran suaves y delgadas. Los que allí moraban no eran asesinos, ni violadores, ni siquiera ladrones, o no en el sentido estricto de la palabra. Allí moraban los traidores, los falsos, los mentirosos, todos aquellos que rompieron, de alguna manera la ilusión, entereza o fe de alguien que en ellos las destinó.

A él sin embargo, le esperaban desde hacía semanas. Su crimen había pasado por los oídos de todas las tierras circundantes, y cuando le vieron, tan delgado y menguado, tan indiferente ante todo, no pudieron creer que aquel fuese el malhechor que había tratado así a una dama.

-¡En pie, en pie!-Bramó sin expresión alguna en su cara el juez designado para aquel caso, un ilustre letrista de canciones de amor conocido por haber escrito cien letras para una sola mujer-Da comienzo el juicio del poeta Cestifeneo, natural de Aligoria del norte.
Los cargos que se le imputan son los de infamia, conspiración, muerte súbita, expropiación y, en última instancia, y más grave cargo, falsedad intrínseca. ¿Cómo os declaráis?

Sin embargo, Cestifeneo, un joven muchacho con el pelo capaz de taparle los ojos se hallaba arrodillado en aquel montículo de funesta madera. Las antorcas iluminaban su sombra y se podía advertir su mirada perdida debajo de su pelo. Sus ojos eran oscuros, vidriosos, y su piel, blanca.

-Acusado, se le ha preguntado por su condición-Inquirió el juez, dando un seco golpe con su mazo.

Al levantar la cabeza, Cestifeneo miró directamente a aquel anciano. Miró sus esposas y, en último lugar, hecho una mirada rápida al tribunal.

-¿De qué me puede servir declararme inocente o culpable cuando he perdido todo aquello que llegó a importarme en un corazón ya harto deshilachado?
-Así pues, ¿Acepto vuestro mandato como culpabilidad?
-Si eso os place, seré culpable de todo lo que me impongáis-Sentenció el joven poeta, mirando el suelo nuevamente, sin tener en cuenta el tétrico murmullo acusador y presuntuoso que levantaron sus palabras a sus espaldas.

Justo cuando iba a dar por finalizado aquel polémico caso, las puertas se abrieron, y de ellas penetró un pequeño ser, un duende, para ser exactos.

-¡No te atrevas a declararte culpable sin contarles los hechos!-Dijo
-Percivan...-La voz de Cestifeneo era triste-Ya lo hemos hablado.
-Sin embargo-Dijo de repente, el juez, admirado ante el descaro del pequeño ser-Yo no he oído los hechos de vuestros labios, joven poeta.

Con resignación, Cestifeneo suspìró:

-Los cargos que me imputáis no son otros que los de haber enamorado a la mujer que amo, y, en el zenit de toda una maraña de amores, luces, emblemas, aromas, caricias y, sobretodo, pura lealtad, la abandonase sin explicaciones. Esa es vuestra propia y única sentencia.

La mia, sin embargo, se remonta a mis antepasados, a lo que hicieron todos y cada uno de ellos. Conocidos poetas que, en secreto, se dedicaron a la misogínia, plasmándola de manera putaresca y con andares de mujeriego a las espaldas de las enamoradas que tanto cariño les profesaba.

¿Y si yo, aunque mi alma se fundiese con la suya, aunque mi corazón fuese la sombra del suyo, me convirtiese así? No, no podría soportar su mirada desengañada.

La amé como solo el fluir del agua puede amar a las gotas que se le unen. La amé tanto que me dolía el tocarla pues sabía que era una caricia de menos que tendria de ella. La amé tanto, que decidí salir de su vida, de manera cortante, para evitar la perfidia de las explicaciones baratas y, entretanto, me fustigué cada noche en mi amarga soledad.

Vos creeis que mis actos vienen denotados por un interés egoísta provocado por la irradiable sordera del cansancio de una mujer, cuando, en efecto, me hubiese cansado de una mujer, pero nunca de tamañan ninfa. No voy a mentir los cargos que se me imputan, pues prefiero exiliarme de todo amor conocido a acabar con la más brillante velas que jamás contemple esta triste tierra.

El silencio se apropió de la sala, al tiempo que Cestifeneo se levantaba a ser encarcelado.

-¡Pero...-Intentó gritar el juez.
-No hay peros que valgan...-Interrumpió secante el poeta-No voy a permitir que mis recuerdos sean bañados con la vileza de la carne o el desasosiego. Vos me encarcelais, mis letras morirán conmigo y mi amada, con el tiempo no recordará mi nombre.
-¿Y es así como de verdad lo queréis?
-Es así, como en verdad me convenzo cada vez que oigo sus llantos en mis oídos.




martes, 18 de junio de 2013

¿De veras que soy tan malo?

Llovía.
Sin embargo corría ignorando toda estrella, todo carruaje. Corría ignorando los gritos de los guardias, ignorando los grilletes rotos rebotando entre sus piernas, con sus pies desnudos.
Solamente una dirección se mostraba en su frente, en sus ojos. Solamente un lugar podría calmar su angustia, solamente una persona podría aniquilar con una sola palabra aquella incertidumbre, porque quizás él mismo se equivocaba, quizás él mismo era el errado...o quizás no, y eso le daría fuerzas para luchar por mil vidas más.
Él era un plebeyo, sabía y conocía los rincones más oscuros y rebuscados de la ciudad. El poder haber escapado de la celda sí que había sido una proeza...y habían caído tantos, pero tantos de sus compatriotas...
...pero el mero echo de decirles porque estaba allí inspiró en ellos la llama del compañerismo.

Al darles esquinazo a los más de quince hombres ataviados con mosquetones y lanzas, fijó de nuevo sus ojos en aquel lugar. En el palacio de la duquesa Lucia.
Al acercarse se dio cuenta de la ingente cantidad de centinelas que la custodiaban.
Sin embargo, él era un ratero, un profesional del sigilo y de la oscuridad, y aquella noche nada podría pararle de sus ojos, de su aura, de su piel, de su pelo, de, simplemente, su voz, regalo celestial allí donde los hubiese.

Logró, mediante un perro con un cascabel robado a una vaca y mucha paciencia, crear una parte de la muralla limpia de guardias, y por ella saltó con sus pies descalzos, aunque sangrantes.
Al fin, llegó a la puerta de palacio, donde solamente el servicio podría delatarle, pero valdría la pena con tal de llegar a ella.
Entró con sigilo, pero una deidad le propició su encuentro con Anaya, la duquesa de Lucia.
Y solamente al llegar a la puerta de sus aposentos, pudo sentir el joven la proeza y la mangitud de lo que iba a hacer.
Él era un marginado, un paria. No tenía honor ni clase, ni títulos ni riquezas...pero él y ella se habían amado de una manera tan, tan etérea, tan indescriptible. Ella y él habían coincidido en un robo, donde la duquesa le proporcionó cobijo por unos días...en los que se enamoraron y hicieron el amor ardiente y pasionalmente, de una manera que ni nobles, ni reyes, ni dioses llegarían a hacer nunca. Ambos se habían amado día y noche durante un tiempo que, de haber sido infinito, habría creado magia por valor de mil soles.

Y al entrar, solo pudo encontrarse con la boca del cañón de una pistola apuntándole al mismo corazón, mientras que la duquesa, mientrss que Anaya chillaba presa del pánico. A su lado, el Barón de Lucia, su padre, tiraba en el suelo aquella pistola manchada con la muerte del enamorado paria de su hija. La miró y se fue andando lentamente de aquella estancia, a avisar al servicio acerca de que podía retomar sus quehaceres.
Anaya sin embargo gateó, llorando y sollozando hasta él, hasta su joven amado. Ambos, no mayores de dieciocho años, en la más fatua y poderosa edad regida por los instintos, la valía y el honor, eran protagonistas de un drama sin fin.

-Yo...yo...Bastian yo...yo...-Fue lo único que podía articular Anaya mientras sostenía la cara moribunda, pero feliz del joven ratero.
-Anaya...-La voz del enamorado se quebró por un instante en el que el mismo corazón del universo dejó de latir viendo aquellos dos luceros apagarse lentamente-¿De veras que soy tan malo?
Aquello hizo morir a la duquesa, que no podía más que apretarle los cabellos y limpiarle las lágrimas, suyas y de ella, de su tierno rostro.
-¿Malo?¿Malo? Me has abierto un mundo de ilusión, de amor y ternura. Un mundo donde confiar en el silencio de las flores, en la bravura del mar. Tú, Bastian me has hecho ver qué hay más allá del deber y de la cordura: el amor y la verdadera locura, donde uno se vuelve loco por amar, donde uno se vuelve un enamorado tras invadir la demencia más dulce y ciega. Y yo...yo...no sé qué es lo que voy a hacer sin tus ojos, esos ojos avellana, con un brillo que poco a poco se apaga frente ami propia mirada.
-Y entonces...¿Por qué no podré estar nunca con la persona que vuelve de mi vida una odisea?-Preguntó Bastian, sintiendo su vida desvanecerse segundo a segundo.
-Porque...-La voz, y el nicho rojo en su vientre fruto del cortaplumas de su cuarto indicaron a Bastian que Anaya acababa de cometer un pecado capital-...en el mundo hay gente empeñada en que los demás no sean felice, y por ello crean fronteras, límites, clases sociales...estupideces para que nadie excepto los poderosos lleguen a su felicidad...hasta que gente como tú y como yo, Bastian, gente enamorada rompe esas fronteras.
-Te amo, Anaya-Dijo Bastian abrazándola.
-Te amo, Bastian-Acabó Anaya, besándolo.

miércoles, 12 de junio de 2013

El aroma de un mañana

En aquella región, Vítor aún era conocido. ¿Cómo siquiera olvidarle? Había sido, sin ninguna duda, un héroe.

Cuando aconteció la guerra civil, los soldados, los jóvenes y los más retirados y añejos veteranos fueron llamados a las armas. De una parte, unos ideales cualquiera, de otra, otros ideales, sin fundamento. Muchos sabios describieron aquella como la guerra más estúpida jamás concebida, pues enfrentó hermanos con hermanos, hasta el punto en que pasados dos años, se disparaban sin fundamento alguno, habiendo olvidado el inicio de la batalla.

Sin embargo, llegó él. Vítor.

Era un pintoresco muchacho, con una pequeña petaca de extraña forma. En lugar de beberla, él inhalaba su contenido, y al hacerlo, sonreía admirablemente, de manera natural.

Vítor fue directamente a hablar con el comandante, y le pidió crear una brigada de interceptación de efectivos enemigos, también llamada IEN. Éste se negó hasta que le dijo que la brigada se compondría de él mismo, nada más, pidiendo solamente unos ropajes de camuflaje y un arma.

Nadie entendió como, Nadie se percató de sus maneras, pero el primer día, Vítor trajo a cinco hombres enemigos, dormido y maniatados.

-Jose Pérez, John Williams, Olaf Nhiestvitz, Nero Túnez y Omar Alhám-Dijo al llegar a la base, y dejarlos en una nave abandonada, atados al suelo pero libres, para poder alimentarse y vivir-Son mis prisioneros, y no se les hará nada.

Hubo un día en el que, estando en las trincheras, leyendo, a Vítor un soldado le preguntó, pues era ya conocida su fama:
-¿Cuál es el mejor soldado?
Y sin dudarlo siquiera, sin mirarle, sacando su petaca y  sonriendo, Vítor respondió:
-El que vuelve con todas las balas de su fusil.

Ya eran decenas los prisioneros en la nave, en pocas semanas. Y se decía que por las noches se oía música, se oían gritos de júbilo y se oían risas.

Otro día, justo tras dejar a otro hombre más, su comandante le detuvo, y con él, toda la compañía allí presente:
-Vítor, dime, ¿Qué llevas en la petaca? ¿Se trata de heroína? ¿Algún nuevo tipo de droga estimulante?
Sin embargo Vítor sonrió, y sacó su petaca de plata. Miró a su comandante, y se la enseñó:
-Aquí llevo lo que he traído de mi tiempo. Un tiempo maravilloso. Un tiempo glorioso. Aquí llevo, atrapado, el olor de un futuro sin guerras, sin hambre, sin injusticias, sin muerte, sin destrucción, un mundo, puro. Aquí llevo el olor de un lugar, un tiempo al que llegará la humanidad si sobrevive a esta guerra.

Y así, todos los soldados olieron poco a poco de aquella petaca. Todos, sin excepción, y al hacerlo, sintieron como sus hermanos, sus primos, inclusos sus padres o hijos merecían vivir aquel devenir.

Y la IEN empezó a engrosar decenas y decenas de voluntarios, que por la noche secuestraban a los enemigos, sin violencia, sin matar a nadie, poco a poco, en silencio.

Y al fin, cuando solamente un puñado de políticos y algún que otro fanático se debatían en estúpidas creencias, mientras tanto, miles de hombres y mujeres, hermanos y hermanas, sangre del mismo pueblo, leche de la misma tierra, todos cantaban y reían a salvo en aquella nave, que no era una prisión, era un paraíso, mientras que Vítor la había usado para reunir a los rehenes del otro bando con sus seres queridos en aquel, el bando que él eligió.

Y aún con todo, Vítor desapareció, no sin dejar aquella petaca, que siglos después, nadie nunca supo que solamente tenía dentro el aroma de una flor.

domingo, 2 de junio de 2013

El hombre de las cadenas.

Se trataba de su santo y seña. Todos en Seracity reconocían su presencia con aquel tintineo. Podía ser un simple atraco, podía ser una violación, o incluso una aparición pública decapitando a un político corrupto. Él era el llamado hombre de las cadenas, aquel vestido con una gabardina marrón, un sombrero de punta ajado y unas botas altas, y su presencia no se asociaba a la justicia; su presencia significaba muerte.

Su primera víctima fue un atracador de poca monta en un callejón. Lo poco que se encontró de aquel desgraciado fue un cuerpo destrozado por marcas de eslabones de cadenas.

Su segunda víctima fue un asesino que presumía con sus semejantes de una mujer de raza negra que había llorado por su vida. Él, junto con sus ocho acompañantes fueron encontrados con las mismas marcas de cadenas alrededor de su cuello o traspasando su pecho.

Pero aquella que conmocionó a toda Seracity fue la de Priticcio.

Priticcio era el capo de Seracity, y estaba fervientemente obsesionado con aquella figura del hombre de las cadenas. Él se dedicaba al crimer organizado, su turno iba a llegar tarde o pronto, así que investigó.

Y se dio cuenta de que todos los crímenes se habían producido alrededor literalmente de una sola casa.

Y así, Priticcio lo entendió todo.

El misterioso justiciero estaba arduamente enamorado de una mujer ciega, aquella que vivía en el número 2 de la calle Asáfan. Ésta llevaba meses sin salir de su casa, y éste, fuese quién fuese no había tenido, como decía el mafioso, los cojones para siquiera pedirle una simple cita. Ahora, sus hombres la habían raptado, y la retenían en el centro de operaciones de Pitriccio, también conocido como la comisaría de Seracity, donde todo los policías se hallaban untados hasta el cuello.

Cuando todas las luces de Seracity se apagaron, y se oyeron los gemidos, gritos, súplicas y tintineos dentro de las cámaras contiguas de la comisaría, Pitriccio empezó a temblar, pese a tener la cabeza de la ciega en su cañón. Ésta se hallaba quieta, resignada, extrañamente.

Entonces oyeron los pasos taciturnos al otro lado de la puerta. Era la típica puerta de despacho con un cartón semi trasparente donde colgaba el letrero "Policía", y dejaba ver una borrosa sombra al otro lado.

-¿Te haces una idea de lo solo que puede sentirse alguien a quién nadie entiende? ¿Te haces una idea de lo doloroso que es ser un monstruo, mientras otros roban, matan y campan a sus anchas en un mundo corrupto?-La voz del hombre de las cadena era monótona, pero dolorosa, como si siquiera articular aquellas palabras le provocasen dolor- ¿Y tú, otro más en mi lista, te atreves a robarme la única persona en éste mundo que no me considera un monstruo, pues no ve mi aspecto, y poner su vida en peligro?

Y el hombre de las cadenas destrozó la puerta de una patada mientras Pitriccio y sus secuaces disparaban sin compasión, pero todas sus pistolas se atascaron, y dejaron de responderles. Al dar un paso bajo la lámpara de la habitación, todos tuvieron que mirarse para cerciorarse de que lo que veían era cierto.

La cara del joven era una masa de piel y costuras, sin pelo alguno. Una costra enorme de quemaduras de primer grado, de labios finos, con un ojo tapado por un pedazo de piel, unas orejas ausentes, o una cabeza calva. Sin embargo aquello más prominente era que sus mejillas mostraban agujeros por donde se contemplaban sus dientes.

De las manos del ser aparecieron sendas cadenas, con extremos de cuchillas finas y afiladas. No tuvo problema alguno para degollar las gargantas de los delincuentes...hasta que se fijó en Pitriccio.

Estaba literalmente temblando, mientras con un cuchillo acariciaba la garganta de...
-Samanta...-No te preocupes, todo irá bien.

Pero Pitriccio trató de asustar al hombre de las cadenas que no dejaba de avanzar hacia él sin temer a nada. De repente usó una de sus cadenas y enrolló la mano del mafioso, tensándola, evitando que llegase a tocar la piel de su amada una vez más.

Tiró de él, y dejó que en un acto de defensa, le clavase aquella navaja en el corazón. Tras asegurarse de haber sido herido de gravedad, enrolló el cuello con sus cadenas y miró a Pitriccio a los ojos:

-Samanta es ciega, y también sorda, y si defendí su vida con mayor ímpetu que el que tú nunca demostraste, fue porque una vez me encontró en su portal muerto de hambre y cuidó de mi mientras me deleitaba con su risa cada día.
Yo quizás sea un monstruo, pero vosotros...-Y entonces decapito a Pitriccio sin vacilar-Vosotros, ladrones, asesinos, violadores, corruptos y charlatanes...sois todos la escoria de la raza humana.

Y mientras caía al suelo, en el momento en que sus rodillas tocaban en suelo y se daba cuenta de que por poco casi matan a Samanta por su culpa, llegó a oír, justo antes de caer inconsciente:

-Nunca, nunca dije que fuese sorda, Travis.

lunes, 6 de mayo de 2013

Por un palmo de tierra

El joven soldado arremetió contra los enemigos. La pólvora barata, la metralla usada, las trincheras destrozadas, los gritos arrancados de sus compañeros.
Nada detuvo el avance de su espada y su yelmo.
Sintió miedo, terror, pero también orgullo. Su pecho se vio repleto de fuerzas solo comparables a las de un huracán, al terror de la desproporción abrumadora de la fuerza de un terremoto. Él era aquello y mucho más.
¿No era acaso un soldado de su país?

Cuando llegó a las trincheras enemigas, descendió y se batió en duelo con uno de ellos.
Y no era como él pensaba que eran. No tenía escamas, no tenía alas ni colmillos. Su baba no sobresalía de su cabeza. Su pelo era igual que el suyo y no se había abalanzado sobre él con ansias homicidas. De hecho, podía ver el miedo en sus ojos. Sus manos, humanas, temblaban blandiendo, no un tridente ni un hacha. Blandía una hoz, una triste hoz, mellad y gastada. Sus ropajes no eran armaduras con pinchos, ni restos humanos cosidos entre sí. Eran una camisa de tela blanca, un fajín rojo y unos pantalones ajados ya de tanto uso. Sin embargo, el joven soldado pudo observar algo en sus mirada. Quizás no era un soldado, por dios ni  siquiera era capaz de blandir aquella hoz de manera peligrosa. Quizás no tenía armaduras, como la suya, o la instrucción necesaria...
...pero aquel campesino, componente del terrible enemigo de monstruos que le habían mandado a él y a los suyos acabar, derramaría toda su sangre por aquellos y aquello por lo que luchaban. Y advirtió, entonces, que aquellos a los que sus gobernantes llamaban monstruos, enemigos del progreso, abadía de la oscuridad, o simiente del terror de un sistema en auge, no eran más que hombres con tierras propias que se negaban a ceder su patrimonio a unos enemigos repudiables.

Y el joven soldado sintió en sus adentros la mayor vergüenza que puede caber en un corazón puro, aún incorruptible, aunque consciente que aquella era una batalla perdida.
Y al arrojar su espada al suelo, en signo de paz, no pudo más que decir:
-Luchemos, al menos conservaré la conciencia limpia.

Y se cuenta que la luz que desprendió aquel acto hizo ver a sus compañeros, a sus amigos, a sus compatriotas, el terrible enemigo que estaban enfrentándose, y cesó la pólvora. Los cañones callaron, las armas dejaron de teñirse de sangre, y sin embargo, todos sabían que todo aquello era inútil. Sus gobernantes matarían y destrozarían a todo aquel que defendiese aquel palmo de tierra.

martes, 26 de febrero de 2013

El niño nuevo.

Bilú era un niño como otro cualquiera. Su vida no cambiaba mucho en verdad día tras día. Lo llevaban a la guardería, jugaba, dormía, comía, reía, aprendía y a casa. Esa era su vida en aquellas cuatro paredes. Y así, era feliz, no le faltaban amigos, ni juguetes, ¿qué más podía desear?

Pero un día si que hubo algo diferente. Hubo un niño nuevo. Muchas veces iban niños nuevos, pero era algo normal, enseguida hacía amigos y ya no eran novedad. Dejaban de ser los reyes en poco tiempo. Incluso la pequeña Susy se olvidaba de ellos después de que los demás les hiciesen tanto caso. Pero no, allí había un niño diferente, estaban todos gritando hacia él, en una piña, y no parecían precisamente contentos.

Poco a poco Bilú se fue acercando, y cuando vio al niño nuevo, no entendió muy bien que pasaba. Vio a un niño nuevo, con camiseta amarilla y pantalones morados. Estaba en el suelo llorando mientras los demás le gritaban cosas muy raras, pero Bilí reparó en que estaba un poco sucio aquel niño nuevo. Enseguida lo entendió, ¡aquel niño estaba sucio y los demás le estaban diciendo que se limpiase, pero como lloraba tanto no les oía!

Bilú corrió a por sus toallitas, y al llegar a dáselas, notó como sus amigos y compañeros le miraban mal. Pobrecillos, pensó, tenían envidia de que él fuese a ser el mejor amigo del chico nuevo. Pero por sorpresa, aquel niño le miró la toallita, y se la tiró al suelo, y se fue corriendo al baño llorando. Bilí no entendía nada.

Al llegar su madre, se lo contó, y le dijo que no estaba sucio, que aquel era el color de su piel, que era diferente a la suya, y nada más. Bilú pensó que, aunque lo intentaba, para él eran exactamente iguales. Y por eso cuando se fue a casa se vio al espejo. Él estaba muy limpio, pero...¡eso podía cambiar!

Al día siguiente, Bilú como siempre llegó el primero de todos los niños, pero llevaba escondido algo en sus pantalones. En cuanto su madre se fue, corrió al baño y no salió hasta después de una hora.

Cuando por fin salió, vio lo mismo que el día anterior. El niño nuevo en el suelo llorando, pero al acercarse, todos dejaron de mirarle a él, para dirigir sus miradas hacia él mismo. Todos le estaban viendo, tan sucio con sus ceras de color negro como el niño nuevo. Se sentó a su lado, y éste dejó de llorar por un momento. Le sonrió Bilú, pero él sin embargo le empujó de nuevo mientras volvía a correr al baño llorando. Los demás se burlaron de su nuevo color de piel pero a él no le importaba.

Después, su madre, mientras le lavaba en  el baño, le explicó que la gente se  suele reír de las personas con pieles diferentes porque les hace gracia y eso hace sentir mal a los que son así.  Bilú lo entendió solo a medias, porque los dos días sólo había tratado de ayudar al chico nuevo. Pero tuvo una idea magnífica. Iba a ser amigo de ese niño nuevo, costase lo que costase.

El próximo día, jugó hasta la hora del almuerzo. En ella el niño nuevo se reunía con ellos para comer, así que era el momento ideal. Y justo en el momento en que los demás iban a gritarle y a reírse de él, Bilú apareció. 

Al verle con un enorme bigote pintado y un parche en el ojo, también pintado, los demás se rieron de él, pero a él no le importaba nada. Se fue directo a hablar con el niño nuevo, que al verlo, también se rió con él. Todos rieron, y el niño nuevo dejó de llorar al ver que Bilú solo había tratado de ayudarle. Sin embargo, cuando rió, todos vieron sus blancos dientes, y dejaron de reírse de él. Tenía una sonrisa mu bonita, e incluso Susy le dijo "Hola!". Bilú se sintió celoso, pero al ver como el niño nuevo iba a jugar con él, solo pudo sonreír y preguntarle:
-¿A ti te gustan los power rangers, y a ti?
-¡Si!
-¡A mi también! ¡Nos parecemos mucho!

lunes, 7 de enero de 2013

La danza última

Por aquel entonces, la luna aún tiritaba lejana a su calor. Ellos reían de tal manera, gradual y cálida que los mismos astros lejanos a la faz de la tierra se les arrimaban para contagiarse de su mágica aura. Quizás no se conocían, quizás eran dos extraños, pero ella era una dama, y él un caballero.

Allí, sobre la más alta montaña en la parte más alta de la enorme isla, él se visitó de gala, con una seda inconcebible y un antifaz sin color alguno.
Allí, al otro lado de la formación rocosa tapizada con hierba centenaria, se encontraba ella, vestida con un traje de luciérnagas y una máscara de viento levantino.

Se cogieron de la mano, y se acercaron el uno al otro. Ambos, carentes de lo que se cernía sobre ellos, ambos, ausentes a cualquier clase de baile, fueron enfocados con la enorme y lánguida luz de la luna y las miles y vergonzosas luces de las estrellas.

Un espectáculo de color, olores naturales jamás creados, de sonidos épicos solo reservado a los valientes, una noche preparada para el mayor de los hombres y la más compasiva de las mujeres. Allí, él y ella, luz y sombra, temperamento y firmeza, corazón y alma; ambos, al fin y al cabo, bailaron la más bella de las más únicas piezas musicales jamás escuchada por un oído humano.

Ella apoyó su mejilla en su hombro, así como él besó su cuello, perfecto, mientras la atraía hacia sí. Quizás no supiese siquiera su nombre, quizás se tratase de la portadora de la más peligrosa de las maldiciones...

...y él quizás fuese el heredero de un peligroso y lejano lugar lleno de crueles costumbres, o un peligroso y enervado dictador...

...no sabían nada el uno del otro, excepto que aquella noche, eran los reyes del mundo, que desde el cielo, la tierra, y el mismo infierno, les observaron bailar como los mas diestros bailarines jamás concebidos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

A luchar!

Debido a ciertos sucesos ocurridos los últimos días, pese a las mil y una calamidades (propias de la exageración de la edad) me siento pletórico, lleno de energías, capaz de enfrentarme a un huracán. Volví de un viaje con la moral y la tenacidad rotos por el abandono de sus facultades, me sentía débil y, en verdad, la idea de rendirme pasaba por mi mente más de una vez al día.

De repente, tras estudiar, me dispuse a ver la tele. Creo que nadie, ni mil canciones ni mil amigos, ni mil amores me habrían conferido la misma fuerza interior. La misma vergüenza por querer siquiera desistir. De hecho, impropio en mi, me dispuse a dejarme llevar,  a gritarle a la tele.

Lo que vi, lo que me ha conferido una fuerza que desaparece y vuelve a placer fueron los juegos paraolímpicos. Vi en especial la competición de natación. El primero, un brasileño con la mitad de los brazos, sólo uno de ellos tenía un pequeño apéndice a forma de dedo. El segundo, un americano con solo la mitad del bíceps. El tercero, mi último héroe, y al pensar en él, no puedo mas que acallar unas lágrimas que me vuelven más fuerte.

El brasileño celebró su oro sonriendo, lógico. El americano se mostró  frío ante su plata. Pero sin duda el tercer clasificado mundial, el coreano fue el auténtico protagonista. Un joven coreano, sin literalmente brazos, sólo dos muñones a la altura de los hombros, había logrado quedar tercero. Pero no podía más que sonreír de una manera extasiada, casi llorando, sonriendo y riendo, agradeciendo cada foco, cada foto, cada aplauso. Los comentadores halabaron todos y cada uno de sus gestos y, en el momento en que le entregaron el ramo de flores y lo cogió, sujetándolo con su cabeza y su hombro, contorsionándose, no pude más que aplaudir desde casa.


Eso me hizo salir a fuera y mirar el cielo. Escuché lo que había aprendido o me acababan de recordar, me escuché a mi mismo hace años. Que nunca hay un obstáculo lo suficientemente alto o extenso como para no poder superarlo. Que sólo la soledad nos quiebra el alma, pero es tan cobarde que sólo aparece cuando nos encontramos débiles. Que una sonrisa puede iluminar el mundo más oscuro, y que una risa puede romper el silencio más sepulcral. Que un logro no vale si no lo que nosotros le otorguemos. Que no hay valor alguno en conseguir lo posible, QUE HAY QUE DARLO TODO Y MAS POR AQUELLO QUE NO SOMOS CAPACES DE CONSEGUIR. Si un pájaro puede volar meses enteros, yo puedo luchar años seguidos. Si la lluvia logra erosionar montañas enteras, yo puedo moverlas. Si el sol puede darme la vida, yo la viviré con la misma fuerza. Si el barro sigue mojado, caeré sobre él todas las veces que haga falta, pra volver a levantarme.

La voluntad humana es tan fuerte, que muchas veces me impresiono sobremanera. Vuelvo a leer, vuelvo a escribir, vuelvo a dibujar, vuelvo a luchar por mis sueños y vuelvo a sentir que aquellos que no están, siguen conmigo. Sueño con ellos, y mi mismo corazón conoce su ausencia pues hace tratos irrisorios con mi subconsciente, los soborna y mis sueños, aunque incoherentes, me parecen realidades. ¿Por qué? Porque en mis sueños siguen aquellos que ya no están enseñándome. Me siguen arropando y me siguen tratando con la dureza del soldado. Siguen mirándome como un nietom como un sobrin...como un hijo. Hoy el sueño ha sido más nítido que nunca y he sonreído pues me ha otorgado la fuerza necesaria.

Así pues, si soy capaz de sonreír entre una tormenta, si soy capaz de abrazar con mis brazos a todos aquellos que ya no están, si mi alma es capaz de hablar con ellos cada noche...¿qué puedo temer? ¿Qué podéis temer vosotros? Levantarse es el único pecado del luchador. Cuando pienso en mi nombre, en mi herencia, siento que soy la chispa de una llama que jamás debe ocultarse.

Así pues...

 
Seré hoy un mandoble sangriento,
mañana, sin embargo, una daga dura y poderosa;
seré un escudo capaz de detener el viento
y una guadaña incapaz de cortar una rosa.
 
¡A luchar, a luchar soldados!
Pues es el mañana un campo de batalla ténue,
no hay lugar en que mis fuerzas no sean la de mis hermanos
pues en ellos hallo la salida a éste mundo abandonado tristemente.
 
¡A luchar!
Nunca  olvido sonreír, y más fuerte sonrío
cuánto más fuerte es el enemigo a derribar.
Ésa es la belleza del soldado que ha vencido.
 
A luchar, a vencer, a ganar.
Cualquiera que sea el enemigo, caerá
y si no es así, besaré el fango mil veces más
pues jamás me rendiré, jamás mi alma decaerá.
 
¡Mil veces caeré, lo aseguro!
¡Pero dos mil de ellas me levantaré!
Y si llega el día en que no me muevo, en que pierdo el mundo
lo juro, me levantaré, me levantaré. Me levantaré.
 
 


domingo, 6 de mayo de 2012

Glornik y Glorn.


Glornik pensaba en su padre de una manera lejana pero nítida. Nunca llegó a acostumbrarse a su marcha, en parte porque no fueron abundantes los momentos con él, en parte porque nunca se fue...pero..¡que vivaces eran sus risas juntos, sus peripecias mano a mano, sus conversaciones siempre teñidas de tintes filosóficos!
Ahora, cada noche, rozaba las estrellas con su palma, mientras sonreía. No lo vería nunca más, pero estaba tan, tan agradecido de cuanto le había dado. Cada lección para un mundo mejor. Cada palabra para un corazón puro. Glornik había llegado a ser todo lo que era, una buena persona, solo porque Glorn le adiestró en el arte de no mentir jamás, de nunca rendirse. Quizás por ello era tanta su obstinación. 

Pero, en ocasiones, el hombre lobo se sentaba solo. Siempre había sido solitario, pero desde la ausencia de Glorn, su corazón ansiaba el llorar solo. El emigrar solo. El ser un ser apasionado por los elementos mas fugaces de la naturaleza. 

Hubo noches en las que gritó al cielo. Aborreció a Azkal-Zigurat, y le exigió una explicación. Nunca ofendió a nadie, siempre le fueron robados sus esfuerzos y jamás levantó una mano con actitud vengativa. ¿Por qué entonces era tan dura con él la vida? Glornik estaba solo en Versia. Ya su padre nunca volvería, pero eso no era más que el comienzo. El saber que todas sus enseñanzas podrían morir con él, le afligían la garganta con un escueto dolor pero agudo cual aguja.

Otras, sin embargo, el hombre lobo se tumbaba bajo el manto lunar y miraba al cielo, solo. Aún guardaba dos almohadas de su padre y una cálida manta. Vetó su cama. Vetó sus sábanas. Vetó todo cuanto usaba para dormir, y ahora solo usaba aquellas pequeñas almohadas ajadas y aquella tela tan caliente, tan llena de su aroma. 

Cuando miraba sus manos, ya no le veía, pero sin embargo, le sentía. Al sentir el cálido tacto del sol diurno en su espalda, miraba atrás. Aunque él ya no estaba, la misma tierra le avisaba. 

Glorn siempre estaría con él, pues los grandes seres jamás abandonan la tierra.

viernes, 2 de marzo de 2012

Cadena de sentimientos

Aquella cadena de televisión no era normal. Todos la desconocían, pero en aquel mundo loco y lleno de violencia y falto de ética, el desconocer algo era casi el pan de cada día.
Había cientos, miles de carteles y panfletos anunciando su telediario. ¿Un telediario? Muchos se preguntaron cuál sería la diferencia, por qué se daban tanta publicidad a un solo programa.
La cadena de televisión se llamaba T.U.C, y el logotipo aún era desconocido.
Llegó el gran día. Pese a todo, todas las cadenas de la televisión actual emitieron cientos de anuncios, sketches, programas y burlas hacia la nueva y misteriosa emisora de imágenes.

La pantalla era un único fotograma gris. El programa empezaba a las 22:00. No tenía apenas audiencia, pero a medida que cada aguja del reloj avanzaba, su número aumentaba. A las 21:55 un cuarto del share les pertenecía.
Y apareció el presentador.
No era un modelo como el increíble presentador del canal uno. No era alto como aquel musculoso reportero del canal tres. No era guapo como aquel entrevistador de TeleVisión. Era un hombre bajo, calvo, con canas en su barba y con tripa. Llevaba gafas de sol y pantalones desgastados.
-Saludos a toda España. Hoy una mujer y su hija han sido asesinadas por el ex marido de la primera-Una breve pausa para respirar, que muchos televidentes creyeron que fue mas bien para sorber por la nariz- Se ensañó con la mujer mientras que dejó a la pequeña observar como la asesinaba. A continuación propinó un golpe con una llave inglesa en la cabeza de la niña. El marido actual y padrastro de la niña apareció para ver en el último instante el delito. Dejó inconsciente al asaltante mientras éste le clavaba el mango de la herramienta en su ojo.
-A continuación, la cámara del telediario enfocó la cara del presentador. Éste removió las gafas de sol de sus ojos y toda España pudo ver como mientras que un ojo lloraba, desconsolado, y se veía rojo de rabia, la otra cuenca se mostraba, sin censura, sin ojo, vacía y llena de sangre y costras. Aquel primer plano de su cara causó miles de bocas abiertas, otras tantas tapadas por una mano asustada y miles de nuevos telespectadores.

A continuación, la cámara enfocó lentamente a una mujer menuda, atractiva con un precioso pelo liso y rubio. Llevaba unos vaqueros altos y una camisa sin espalda. Ésta miraba a la cámara, y empezó:
-Hoy una mujer fue violada en su propia casa. Su hijo descansaba en su cuna en la habitación contigua, mientras ella se debatió por su vida. La agresión duró pocos minutos pero le bastaron para dejarle una marca de por vida. El niño se encuentra bien. Ella le aseguró que no chillaría si no se le acercaba. El violador escapó y la policía se muestra indiferente.
-Y entonces la mujer se dio la vuelta. Ante todo el país, dejó ver como tenía su espalda llena decenas de largos cortes de arriba a abajo, la mayoría de ellos cicatrizados. Mientras mostraba su espalda, vieron como agachaba la cabeza, y como su cabeza temblaba.  El primer reportero le ofreció un abrazo y ella lo aceptó entre sollozos.

Aquel telediario duró una hora y veinte minutos. Mas de cuarenta casos de violencia a la mujer fueron documentados por las mismas víctimas de éstos. Las lágrimas, los abrazos, los lloros y sollozos fueron la regla, pero ni una sola palabra fuera de tono fue mencionada por los valientes reporteros.
Por su parte, al final acabó con un flamante 86% de audiencia, pero aquello no tuvo ninguna repercusión. La cadena no permitió ni un anuncio, de hecho, tras la emisión, desapareció.
Sus millones de televidentes se sintieron durante horas conmocionados.
Padres perdiendo a sus hijos. Mujeres maltratadas, engañadas, forzadas. Madres que nunca verán mas a sus hijos e hijas. Fueron casos del día a día.

Y lo peor fue que al día siguiente ocurrieron muchos casos como aquellos.,
Y lo mejor, fue, que en todos ellos alguien acudió corriendo a socorrer a la víctima, frustrando todos los delitos, mientras llevaban una insignia.
Mientras llevaban el logotipo, una enorme mano soportando un corazón y el nombre de la cadena desaparecida.

Todos Un Corazón

sábado, 11 de febrero de 2012

Landariel y Uruk

Allí, bajo los pies de la enorme roca de Marzo, Uruk cogió de nuevo su espada. Aún sólo días los que habían pasado desde su marcha, aquella marcha por su bien, pero un así, la falta de su compañía le dolía en el alma pues sin ella, levantar su arma era mas pesado de lo que pudiese haberse imaginado. Se enfrentó como siempre había echo los últimos años a enemigos sin fin, les plantó cara y, si alguna vez le atraparon y le capturaron, él sabía escaparse de ellos, siempre sin decirle nada a ella. Siempre haciendo lo mejor por ella. Siempre tratando de que su tiempo necesario fuese perfecto, para que pudiese volver lo antes posible, para que le ayudase de nuevo a levantar su arma.
Ella se marchó. No pudo soportar la lucha de Uruk y le dio a elegir, dejarla, o dejarle a ella. Uruk la amaba con todo su corazón, hasta el punto de dejarlo todo por ella, pero en el último instante, aquel joven guerrero se dio cuenta que los principios son algo que no se podía traicionar, y dejar de lado todos sus sueños, todas sus esperanzas, su fuego y sus fuerzas, no era algo con lo que él pudiese lidiar. Le dijo que la amaba de la misma manera que un poeta, que habría luchado por ella años, que habría escondido a todo un mundo cualquier cosa con tal de verla sonreír, y ella no pudo mas que dejarle solo. Un tiempo necesario, dijo.
Fue largo, aquel tiempo en que Uruk maduró, luchó mas que nunca contra enemigo que nunca debería haber visto, pero los venció, y se hizo mas fuerte, pero a la vez su alma moría un poco mas cada día que veía sus retratos, sus cartas de amor o recordaba días en que la palabra amor no iba con cadenas.

Y llegó el día en que por fin Uruk consiguió verla. Era una situación dulce, saber que volvería a verle, y que además, tras el tiempo pasado, podría abrazarla sin hacerle daño. Podría mirarla a los ojos y decirle con la mirada que siempre estará ahí. Podría volver a contarle sus penas, sus metas, sus logros y abrirle su alma de nuevo a alguien. Se había  sentido tremendamente solo, y le había sido fiel. Nadie nunca entró en su alma y a nadie mas llamó amigo. No iba a hacer nada, nada, que pudiese perjudicarla. Su llegada debía ser perfecta.

Ella vino cogida de la mano de otro hombre. Uruk agarró su alma con un pañuelo sin siquiera preguntar nada, y se mostró sonriente. Puso al día a Landariel y ésta asentía,sonriente. Uruk no pensó mas en el hombre que le acompañaba. Hasta que preguntó por él, todo marchó bien.
-Se trata de un amigo, que en momentos delicados apareció de la nada, me habló dulcemente, me trató bien y hizo que me sintiese bien. Me espera en todo momento y me ama, aunque yo no le corresponda. Se trata de lo mejor que me ha pasado este tiempo.

Uruk se sentó en el suelo, sonriente, y ella a su lado. Pasó un atardecer mientras ella hablaba del nuevo individuo sin parar, mientras Uruk, sin explicación aparente, se encontró lejano, como si su alma hubiese volado lejos. Lloró por dentro, por alguna razón, mientras su mente no encontraba las palabras. Sin siquiera darse cuenta, miró a Landariel a los ojos y le sonrió.
Y de repente, ella, su mejor amiga tantos años, su amor durante muchos otros y el único ser al que había amado, la persona que le había obligado al destierro, que le había humillado y que le había costado mil penas, solo porque él la amaba, ella, Landariel, le llamó por el nombre de aquel otro hombre con una naturalidad pasmosa.
Uruk se mostró fuerte por fuera. Por dentro, la compleja estructura que siempre había sido su corazón, siempre distante pero seguro, cuidadoso pero insaciable, grande pero tímido, se rompió en mil pedazos con cada letra de aquel nombre.

Uruk se marchó sin dar ninguna explicación. Ya en su casa, cogió todas las cosas que algún día tuvieron algo que ver con ella y las destinó a un lugar frío, descuidado y desprovisto de aquel cariño que él les profesaba. Rompió todas las cartas y lanzó al agua cada retrato.
Y finalmente, bajo un sol rojizo, Uruk se tatuó en un hombro:
"Duele tanto el amor, que por él, se muere"

lunes, 23 de enero de 2012

Derribar gigantes

Poncio se despertó de su letargo. Eran ya tres los días que su ciudad estaba siendo asediada por arietes y catapultas, bajo la incesante lluvia de cientos de arqueros y la atenta mirada de sus soldados. Él era el último oficial con vida, y sobrevivió porque fue el primero en poner su espalda en contra del portón, por lo que las flechas no podían matarlo. Tras numerosas bajas habían decidido que medio ejército colocase los escudos sobre sus cabezas  al tiempo que el otro medio aguantaba el portón, medio cerrado.
El rey no aparecía. Su séquito, el auténtico grueso de la armada de la ciudad era ausente, quizás habían huido, quizás estaban en una refriega, quizás habían muerto, no era verosímil, solamente importaba que Poncio se encontraba solo con un puñado de hombres contra un ejército preparado.
Las caras de los pueblerinos era un reflejo del corazón de sus hombres, y hasta el capitán de segunda sabía que la victoria de cualquier batalla dependía enteramente de la moral de sus hombres.
-¡Bueno señores, creo que ha llegado tiempo de apartarnos de esta puerta! ¡Creo que es hora de dejar nuestra sed de sangre que se nutra!
-¡¿ De qué hablas!?-Preguntó un soldado frente a él, pasmado.
-¡Hablo de la gloria de nuestra victoria! ¡Hablo de levantarnos del estiércol que es el miedo! ¡Hablo, señores...hablo de que vamos a ganar una batalla, donde seremos unos pocos, donde ellos serán muchos, donde ellos rugirán de miedo y donde nuestros hijos recordarán este día como el día en que la muerte puede llegar a temer a los humanos!
-¡ Callarle la boca a este insensato!-Exigió un viejo soldado, que, aunque curtido en varias batallas, no veía en aquella mas que la muerte.
Poncio dio un paso adelante, apartándose un poco del portón. Cogió su espada y la levantó a lo alto.
-¿De veras queréis dejar en este mundo una macha de vergüenza por temer algo difícil? ¡Los refuerzos no van a llegar, porque los refuerzos están dentro de vosotros!
-Un par de soldados a su lado hicieron ademán de cogerle, pero sorprendentemente unos otros pocos desenvainaron sus espadas y les amenazaron con cortarlos el cuello. Se hallaban todos bajo un manto de escudos, pero las palabras de su capitán emergían al lado de todos ellos como el viento entre los árboles.
-¡Ellos llevan días asediando a un pueblo, pero de la misma forma, cada uno de nosotros aguantamos golpe tras golpe en nuestra vida...y aquí estamos, vivos! ¡No es la muerte lo que puede detener a un hombre, si no el miedo a esta! ¡Y yo digo...acojonemos a la propia muerte con un grito libre y poderoso!
-Y dicho esto Poncio se dio la vuelta, y con un poderoso golpe de su espada corto la enorme viga de madera  ya dañada por las embestidas de los arietes.
-¡Es hora de derribar algunos gigantes!-Exclamó, al tiempo que las puertas se abrían, y sentía como su apuesta cobraba sus frutos, todos los soldados desenvainaron espadas.
-¿Y si no los hay?-Preguntó un joven, dispuesto a dar mas aliento a las palabras del loco oficial.
-¡Los buscaremos entonces!-Dijo el enagenado soldado, mientras miraba a sus soldados, y un segundo antes echaba a correr, gritando, rugiendo y seguido de su propio séquito.

Se dijo años después que aquel soldado llegó a ser el rey de una tierra mucho mayor de lo que lo fue entonces su reino, pero eso es ya otra historia.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Accidente de moto.

Hoy voy a hablar de algo que me ocurrió hace poco mas o menos un mes. Cuando ocurrió, y hasta hoy que viejas heridas se han abierto lo he ignorado, me lo he tomado con humor, me he reído y he disimulado cada uno de los dolores que me atenazaron.

Hace  unos días, creo que fue exactamente el día 3 de noviembre, me dirigía a un pueblo cercano a recoger un encargo. Iba con mi chaqueta de cuero, mi casco integral, unos vaqueros y sin guantes (a las 7 de la tarde, en invierno, recién mojado y sin guantes, olé yo). Para salir de mi localidad hay que atravesar una recta de unos dos kilómetros. Estaba mojada pero no había ningún problema, mi moto, a la que adoro, siempre me ha servido para todo.
Justamente me estaba sacando el carnet de coche, y por instinto, costumbre, no se, pero seguía todas las señas a raja tabla. Había 3 coches delante de mi, y yo me di unos 20-25 metros de distancia. Yo iba centrado en mi moto, pues con el frío me encanta correr,
De repente, y sin explicación alguna, el coche delante de mi, a unos 20-25 metros, se detiene totalmente. A 80 Km/H el coche delante de mi se detiene, y yo reacciono como puedo. Miro adelante y veo que viene un coche de cara. El arcén estaba invadido por cajones y demás menesteres, así que me la jugué a la única carta que pude: Frené en seco, pues no me quedarían mas de 10 metros.

Mi moto tiene ya dos años. Es roja, grande y de 125cc. Me encanta. Cuando caí, noté mi cuerpo dar vueltas sobre sí mismo, sentí un duro golpe en la cabeza, pero el casco, comprado por internet, me dio una seguridad abismal (no se rompió ni nada) y entendí que por culpa del asfalto mojad, Mi rueda delantera se había resbalado, y había tirado para un lado. Conclusión, yo en el suelo rodando mientras mi moto se arrastraba metros adelante.

Lo primero que hice tras caer fue mirar mi moto a lo lejos, viendo también como el coche que había frenado en seco se ponía en el arcén y de él bajaba una mujer. No me importaba en verdad. Estaba preocupado por mi moto, pues le tenía mucho cariño.
Me quedé entonces en el suelo. quieto, justo en medio de la carretera. ¿Mal, no? La mitad me han recriminado ello, pero cuando ves tu mano izquierda sin piel, tu palma derecha sin nada mas que sangre, y en tu rodilla izquierda un agujero en la tela del pantalón, y con ello te ves el hueso, lo primero que piensas es en verificar si tienes algo roto. Me levanté por mi propio pie y un hombre me ayudó, pero le denegué la ayuda. Estaba muy nervioso, enfadado y sabía que tenía que apartarme. Cogí la moto con la ayuda de aquel hombre y la coloqué en el arcén. Era de noche, no podía decir si tenía algo roto.
Entonces vino un buen hombre, un hombre de mi pueblo que apenas conocía. Su nombre, digamos, es PM, no me gusta dar nombres en mis escritos, pero si él lo leyese sabría que me refiero a él. Me dijo que no me preocupase, que él me llevaría la moto a casa y se lo diría a mi madre. Mi madre estaba de cena de amigas aquella vez, y le pedí que no lo hiciese. Él me dijo que no lo haría.
Varios amigos de mi pueblo (mayores que yo) fueron tremendamente ables, y llamaron a la ambulancia y a la guardia civil. Exageraron un poco pues yo andaba por ahí perfectamente.
Tras una hora y media de dar parte del accidente, con una negación de los echos por parte de la mujer, claro, la ambulancia llegó y me llevó al hospital. En el camino me puse a hablar con el enfermero, o ATS, no se, no recuerdo como me dijo que se llamaba su cargo. El caso es que estuvimos hablando todo el viaje entre bromas y risas. Bromas y risas hasta que me dijo mirando la herida de mi rodilla:
-Uy, esto es enorme, tal vez haya que cogerte un pedazo del culo y cosértelo.
-No diré nunca cuan asustado me sentí. Mucho mas que nunca. Me senté en la camilla, y esperé a que me entraran. Olvido decir que en a ambulancia le dije a mi madre por teléfono (intacto tras el accidente) que volvería tarde. Por otra parte llamé a mi hermano para decirle que no se preocupase, que estaba en el hospital de gandia, que viniese a por mi.
Llegamos, y con nosotros mi hermano. Esperamos una hora en la sala de espera, yo mas inconsciente que consciente. Solo recuerdo de toda nuestra conversación la siguiente frase:
-Si muero, que usen mi cuerpo para la ciencia.
-¿Para prácticas de medicina?
-No, quiero que me revivan en zombie.

Y ya entramos en el quirófano. Me pongo a chillar voz en grito que me duele una muela, que me la extripen, y el médico no me entiende, pese a las risas de todas las enfermeras. Me di cuenta entonces de que el cirujano era sudamericano. En contra de lo que piensan los demás (y mucho mas ahora) a mi no me importa su nacionalidad. Si es médico, es médico, y como yo también quiero serlo, le admiraba, en verdad.
Mientras me limpiaban todas mas heridas de las manos (un dolor espectacular) yo hablaba con una enfermera joven que me hizo gracia, y con el cirujano. Finalmente logré que el médico se sintiese mas cómodo y hasta él bromeaba. Pude contar hasta seis enfermeras a mi alrededor y el médico, todos hablando.
No voy a describir el método que usó el médico para coser mi pierna. No usó mi culo para nada. Solo cortó mi piel quemada y la cosió de una manera que solo puedo describir de: PERFECTA.

En fin, salimos del hospital, yo por mi propio pie y nos fuimos a casa. A la mañana siguiente fui a ver mi moto. Me sentía avergonzado...pero la moto literalmente no tenía nada. Solo tenía rascado el manillar, que había absorbido todo el impacto. Me sentí, simplemente... muy afortunado, pese a todo.

-Aunque no lo parezca, aprendí mucho aquella noche.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Quien quiera que sea el último romántico...

-¿Sabes? Podría prometerte mil mentiras, mil historias, ofrecerte cientos de cosas imposibles, abusar de las metáforas, o decirte que soy un mago capaz de darte todo aquello que pidieses, pero no puedo.
-No pasa nada-Dijo ella, abrazándole bajo el techo de aquella caseta. Fuera, nevaba.
-Sin embargo...-Continuó él.
-¿Si?
-Hoy puedo prometerte el mundo entero, todo, para ti.
-Ella le miró a los ojos, y sin hacerle caso, siguió apretando su cara contra su pecho.
-Hablo en serio.
-Déjalo, de veras. No rompas la lealtad de tus propias palabras.
-No lo hago-Y con cuidado sacó un sobre en el que se leía "Un mundo".
Ella lo cogió y se separó unos centímetros de él.
-No puedes darme el mundo-Dijo justo antes de abrir el sobre. Al hacerlo encontró en su interior una foto de ella, sonriendo, con un mechón de pelo negro en su frente.
-No entiendo...-Repuso, confundida.
-Eres todo para mi. Si respiro, es para tener unos segundos mas a tu lado. Si duermo, es para acelerar el tiempo para verte. Si ando, es para recorrer cualquier lugar, con tal de acercarme a ti. Si simplemente me niego a rendirme, es para que entiendas que por tu parpadeo lucharía mil guerras. Tú, y solo tú eres mi mundo. Y si tu eres mi mundo, mi planeta, mi tierra, mis valles, mis ríos y mis montañas, puedo darte a quién quiera-Y al terminar abrazó a la llorosa chica por detrás, acomodando su barbilla en su hombro. Ella observó la foto, tiñéndola de lágrimas y sal.
-No obstante-Dijo al cogerla de los hombres y darle la vuelta-Mil poetas podrían escribir sobre ti, o decenas de pintores podrían pintarte, y hasta incluso cientos de escultores podrían imitar tus formas. Aun así, tendrías razón, no puedo darte mi mundo. Como tú solo hay una, y por ello nunca podré encontrar nadie así.

viernes, 15 de julio de 2011

Amores insólitos

Alan sujetó como siempre el micro, y miró atento la pequeña pantalla del estudio.
Ahí estaba ella.
Fabriccia, la mujer mas bella que sus tristes ojos jamás contemplaron. Quizás la mas ansiada de las mujeres en todo el mundo. Actriz, cantante, modelo, su carrera era una infinidad de metas de atractivo. Pero sin duda alguna era Alan el hombre que mas la deseaba. Solo aquello a nuestro alcance, pero aún asi inalcanzable puede doler tanto al corazón.
Alan era el traductor de la estrella mas famosa de la televisión actual, y quizás, su mejor amigo.
Hacía cosa de un año que le contrataron. Al conocerla vio lo que todos los hombres, una mujer bella y atractiva. Le encomendaron que fuese su escolta al mismo tiempo que su traductor, que la siguiese allá donde fuese para poder comunicarse con quién fuese. Pagaban bien, así que Alan aceptó.
El primer mes fue el mas frío de su vida. La mujer ni le miraba a la cara.
Pero todo cambió al segundo mes. La descubrió leyendo su libro favorito, y le dijo que tenía una versión firmada por el autor del mismo. Aquello interesó sumamente a Fabriccia, que cerró el libro y le preguntó por el tema filosófico de la novela. Al poco, acabaron destripando el final de todos los libros que habían leído, en un restaurante, comiendo solos por primera vez, hablando animadamente.
Al poco Fabriccia conversaba con Alan, y éste lo agradecía sumamente. Hablaron de música, política, deportes. Todo era animado entre ellos pues coincidían en casi todo. Hablaron de filosofía y llegaron a conclusiones semejantes entre botellas de champán en la limusina, regalos de su discográfica en su gira mundial
Alan sentía cada vez mas que aquello no era un trabajo, y trataba a la famosa mas como una amiga que como una cliente.
A los seis meses, los guardaespaldas de Fabriccia fueron despedidos y ella le obligó a llevarle por todo el mundo siempre cuidando de ella. Según ella, nadie cuidaba tan bien de ella como él mismo.
Cuando hablaba con altos dignatarios y tenía que traducirle las palabras a su oído, a veces se le escapaban comentarios chistosos o observadores, como una mirada a su escote, o una oración subida de tono, a lo que la actriz contestaba adecuadamente, y siempre miraba a la cámara, agradeciendo a su amigo la ayuda.
Cuando llegaron los ocho meses de su amistad Alan empezaba a sentir algo. Pasaba con aquella mujer doce horas diarias de media. Comía, andaba y dormía con ella. Bueno, al menos en su mismo hotel.
Entonces llegó el día uno de octubre, coincidiendo con los nueve mes de su amistad.
La nieve evitó que pudiese dar un concierto, por lo que Alan y Fabriccia se quedaron en el hotel, en una suite de tamaño gigantesco, que tenía un jacuzzi en una terraza. Fabriccia le dijo a Alan que quería poder estar en el jacuzzi con agua caliente mientras nevaba. Debía ser un espectáculo fabuloso, dijo Alan.
A los pocos minutos Alan estaba al lado del Jacuzzi, hablando con la cantante, vestida con un pequeño bikini que ocultaba menos que lo que Alan podía soportar. No era un modelo como los que solían ligar con Fabriccia, pero si iba al gimnasio y su éxito con el sexo femenino era patente.
De repente Fabriccia mandó a Alan llevarle dos botellas de champán del mini bar, y que entrase con ella en el jacuzzi. Se alegraba de tener un amigo como él.
Al entrar Alan con sus pequeños boxers al jacuzzi se sintió intimidado por la belleza de aquella mujer. Le miraba fijamente, y le sonrió.
Hablaron largo y tendido sobre las vistas nevadas mientras bebían sus sendas botellas de champán. La nieve empezaba a cubrir los bordes del jacuzzi, y poco a poco las piernas de ambos ocupantes se habían entrelazado.
Alan se sentía pletórico, y no osaba mirar a Fabriccia mas de veinte segundos seguidos.
Un instante después de le cayese un copo de nieve en la nariz, vio como Fabriccia se adelantaba hacia él. Le tocaba la mejilla y le miraba directamente a los ojos, buscando algo en ellos, encontrándolo sonriendo.
Y le besó.
Fue un beso grave, grande, húmedo y seco, corto y largo. Fue, sin duda alguna, el mejor beso que jamás le dieron a Alan.
Y el correspondió.
Al poco, estaban en la nieve, derretida por el agua del jacuzzi caliente que habían tirado, besándose, abrazándose, acariciándose. Quitarse la ropa fue para ambos un alivio.
Y lo que les siguió, una muestra de amor mayor que la que pudieron jamás conceber.
Alan hizo el amor con mas cariño y ternura que la primera vez que lo hizo.
Fabriccia se sintió amada por primera vez.
Y durmieron abrazados en la cama de la suite, llena de nieve, y agua.
Al despertar, Alan estaba solo.
Se vistió y arregló, incrédulo.
Al verse con Fabriccia en el rellano, la alegría le embriagó, mas fue en ese punto donde su corazón cambió de sentido.
Fabriccia le volvió a mirar como una cliente.
No le dio explicación alguna. No le dijo nada, y volvió a ser distante y ausente.
Alan calló en una profunda depresión, aunque lo ocultó a todo el mundo. En especial, a Fabriccia.
Navidad se acercaba, y con ella, la gala de navidad de Nueva York, a la que asistiría Fabriccia, con multitud de estrellas, pero siendo ella misma la portavoz.
Alan debía traducir todo lo que le dijesen sus compañeros.
Llegó la ansiada gala. Alan iba de traje, aunque no debía moverse del estudio. Aún asi sus cuatro copas de mas le decían que mas le valía ir bien vestido.
Salieron los famosos cantando y bailando, vestidos adecuadamente, por turnos.
Unos polacos, españoles, franceses, brasileños, rusos…
Todos eran impermeables a sus miradas.
Solo le importaba Fabriccia.
Al salir, calló varios instantes.
Estaba hermosa, como una estrella recién nacida. Su vestido, dorado y brillante, hacía que Alan enmudeciese, y su pelo, liso como el fluir de una cascada, le obligó a tragar pausadamente.
Su mirada, neutral, parecía triste.
Mas era actriz, sabía fingir. Y fingió estar “Contenta y feliz de estar aquí esta noche”.
Los primeros minutos de la gala fueron chistes y bromas entre los asistentes, que fingian con gracia entenderse entre ellos mediante sus respectivos traductores, escondidos.
De repente, Alan no aguantó.
Mientras todos miraban a Fabriccia, sonriente, Alan recitó de memoria la misma declaración que llevaba dos meses repitiendo una y otra vez en su cama, mientras él debía decirle qué decir, en el momento culminante de Fabriccia, y toda la gente en el globo la observaba, fijamente:

-¿Sabes? Te quiero. Te quiero de una manera diferente al querer. Te quiero, porque veo en ti tu alma, tu espejo interior, y tus gotas de vida. Te quiero, porque sin ti este mundo es frío, absurdo, y me muestras que hay mil maneras de ver una cosa. Te quiero, porque al estar a tu lado trabajando me mostraste tu fortaleza, pero al estar solos, me enseñaste tu ternura. Por eso hoy necesito decirte Fabriccia...
-La actriz restaba muda, en el escenario,con cientos de miles de personas alrededor del mundo mirándola, callada, llorando, con la tan odiada sonrisa falsa. Muchos a su alrededor sintieron como su pulso se aceleraba.
-Que no hay mañana sin ti. Que mis domingos, a sabiendas que no te veré me azotan como un demonio encarnizado, y que te necesito a mi lado. No me importa quién seas, o qué representes. He tenido que ver como tonteabas con muchos hombres casi por obligación, y conmigo fue diferente. Asi que no me engañas. Fabriccia, tu me quiere, y yo....yo simplemente te amo como la mujer que eres.
-Al decir la sentencia "te amo" Fabriccia empezó a llorar de manera exagerada, riendo, y, finalmente cogió el micrófono, triste, y taciturna:
-Hace días me diagnosticaron un cáncer. No me queda mas que un mes de vida.