jueves, 24 de diciembre de 2015

Los superhéroes, mueren.


Creo en los superhéroes De hecho, creo también en los héroes. He crecido rodeado de películas, cómics, canciones, videojuegos, libros (Muchos, muchos libros) que me hablaban de una clase de persona que te permite mirar arriba. Muy arriba.

He crecido con la idea de que hay personas que te van a levantar la vida, entendiéndolo como que van a hacer de ella algo más.

Entendí la figura héroe a los quince años.

Entendí, no obstante, la figura superhéroe, a los doce.

Y me pasé un tiempo buscándoles la diferencia, y creo que la encontré en algunos puntos:
-El héroe, no lleva a creer en él aunque caiga. El superhéroe no. Si éste cae, nosotros con él.
-Nunca se puede dudar de la moralidad del superhéroe. Nos va a salvar de lo que más tememos, por tanto, siempre va a ser bueno. El hérore, no obstante, puede hacernos dudar.

Y creo que la más importante, y la que más quiero explicar, es:



Creo que cuando somos pequeños, o muy jóvenes, tenemos que amarrarnos a algo. El mundo es hostil, y nos da miedo. Somos valientes, pero tememos lo desconocido, y tenemos por norma, y costumbre arremeter con estereotipos heroicos. De ahí, que de pequeño, tenemos siempre, aunque se niegue o se extienda, un verdadero héroe y un verdadero superhéroe.

Por simple afinidad temporal y afectiva, siempre va a tender a ser de la família. Una madre. Un padre. Un hermano. Una hermana. Hasta los abuelos y abuelas.

Creo pues, que crecemos, siempre dudando en si andar o no, pero con la coraza que nuestros superhérores y nuestros héroes nos procuran. Aunque no se den cuenta.

Pero.

Siempre hay que crecer. Y he llegado a mi idea, de que, los héroes, caen. Y los superhéroes, mueren.

¿Por qué?

El héroe nos va a ser los ideales que queremos imitar. La fuerza. La tenacidad. El amor y la bravura.
    Ej: La fuerza de una madre o un padre, frente a todo.

El superhérore, sin embargo, nos va a procurar lo que queremos ser. Lo que nos puede aportar como ser humano. La bondad. La luz. El sentido de la moral. El no olvidar quién es quién.
    El: La imperturbabilidad de un hermano a todo el mal que le rodea.

Si vemos a un héroe fallar, lo vamos a entender como humano. Podrá volver a levantarse, pero con cada vez que caiga, vamos a ver menos en él del poderoso señor de divina fuerza que nos acompañaba en las noches. Se levantará, siendo cada vez menos héroe, y cada vez, más humano.

Y.

Quizás la figura más bonita, necesaria y, a su vez, dolorosa. ¿Qué ocurre cuando un superhéroe falla?

Muere. Muere en nuestro interior. No porque no lo querramos. Si no porque ya  representa aquello que queremos ser. Quizás se ha ido. Quizás se ha marchado para no volver. Quizás, simplemente y con tristeza e inadvertidamente, ha cambiado.

Pero ya no es aquel ser que idolatrábamos.

Y duele. Una vez leí que hacerse mayor duele. ¡No! Hacerse mayor no duele. Duele ver desaparecer el mundo que te has edificado con tus sueños, tus metas, tus héroes, tus superhéroes y tu magia. ¡Eso es lo que duele!

No se trata de ir adelante o atrás solo. Se trata de cuando crees que  debías buscar tu camino, a la estela de personajes míticos que van a cuidar de ti, y ves que son tan o más humanos que tú. Ves como han caído y como tienes sus defectos. Ves las taras en sus actos y los fallos en su moral. Intuyes sus intenciones y, en ocasiones, te preguntas la gran, gran pregunta.

¿Debo creer en esta persona?

Y no. No se debe creer en héroes y superhéroes caídos. No, porque yo creo firmemente en las imágenes de aquellos que nos cautivó. Aquello que, en los peores momentos, nos levantó con fuerza t seguridad.

Y ahí quiero llegar.

Los héroes y superhéroes se van, pero lo que ellos representaban. La fuerza. La valentía. La incorruptibilidad. El coraje por lo bueno. Ello, siempre, siempre debe perdurar.

No por ellos. Todos vamos a caer algún día.

Pero cuanto más creamos en lo que nos enseñaron, menor sera la caída. Antes nos levantaremos y, por último, si algún día somos el héroe, o superhéroe de alguien, nos verá caer. Pero nos verá levantarnos con las mismas fuerzas, imperturbables de aquellos seres que, años atrás, nos protegieron de todo.

Porque un héroe, si cae, se levanta, más débil.

Pero si un superhéroe cae, muere por siempre.

domingo, 18 de octubre de 2015

El viento repasaba cada una de sus heridas. Entraba en él. Su piel era inerte, y desprovista de cicatriz alguna, era por ello que todo dolor venía de su interior, y era por ello, no obstante, dónde más hondo había removido para nunca ser encontrado.

El olor a hierba fresa removía su más vasto interior. Se sentía como una pradera. Reseca, pero llena de vida. 

Miró, y al verla llegar, no hizo más que acrecentar sus ojos. Abrir bien los párpados. Abrirlos, con los dedos para evitar que sus pestañas se entrelazasen, como siempre.

-Hoy la vi-Fue todo lo que dijo.
-¿Ha sido tan duro como esperabas?-Respondió ella, mirándolo fijamente, iluminándolo.
-Ha sido peor.
-Cuéntame. Soy toda tuya. No me mires aún, pero cuéntame.

La noche caía suavemente como rocío. Lo rodeaba, lo notaba. Lo acunaba pero él se removía.

-Sabes...yo antes creía en la magia. Siempre lo he hecho. Y en el amor. ¿Por qué no? Todo el mundo hablaba de ello. ¡Qué bonito es amar! Yo me lo creí, como un gilipollas. 
Sin embargo, al beber de su mirada, renací en...en un hereje. Vi que la magia era tan inconmensurable en su mirada, en aquella enorme y limpia mirada que...¿Cómo darle un nombre? ¿Cómo llamas algo que no entiendes?
-Quizás te enamoraste de su mirada.
-No. No me podría enamorar de su mirada. Eso sería despreciar su ser. No. Me enamoré de tantas cosas...¿Nunca has sentido el toque del sol verdad? El verdadero y puro toque de lo más cálido que llegarás a sentir. Ella era mi sol, y no por ser todo mi mundo o cualquier exageración semejante. Ella era mi sol porque era todo el calor que necesitaba.
Podía recorrer esta noche. Esta misma noche con los ojos cerrados si ella me cogía de la mano, y te aseguro que nada me habría dado frío alguno.

Le miró. Le vio derrotado,  y sin embargo, aún con aquel "algo" en su interior.

-¿Te enamoró?
-¿Cómo cortas algo que ya está cortado?  Vi en la lejanía su cabello y me vi tejiendo tapices de ella. Vi sus dedos y me encontré recorriendo mi espalda. Advertí el cambio en su figura, y me cambié de forma en todo ajedrez de mi mente. Pero pude resistir.
-Hasta que lo viste.
-La vi sonreír.

El silencio más anulativo la hizo retroceder un poco. 

-Cuéntame de su sonrisa.
-Desencaja. Me refiero...sus dientes no encajan bien. Son grandes. Blancos, aunque con manchas. No muestra demasiada encía y sus labios...
-¡No juegues conmigo maldito mortal!-Dijo la luna, enfurecida por el miedo del joven trovador.

-Como ya te conté una vez, una vez fui testigo del renacer del mundo en mis ojos. Todo fue a través de su sonrisa. Podía mirar a la adversidad más dura, a la más adversa y horrorosa de las bifurcaciones de mi vida y no había sufrimiento en mi, si tenía su sonrisa a mi lado. Todo carecía de preocupación.
Podía haber luchado por aquella sonrisa.
Y habría ganado por aquella sonrisa.
Maldita sea, podría vivir solo con esa sonrisa.
-¿Y?

La noche calló. El enorme astro le miró desde la lejanía mientras ya se adormecía con el relato insomne del enamorado.

-Y aquí me tienes, dibujando estrellas en el agua pensando en su sonreír, mientras ella está en otro papel, con otro lápiz, y el mundo sigue girando, más triste, más lento y, sobretodo, más vacío.

 









jueves, 17 de septiembre de 2015

Acerca de los demonios y fantasmas.


Bueno, sé que me paso menos por aquí, pero es por la ausencia de tiempo con el ordenador, que la libreta de escribir la tengo llena, pero no me da ya casi para leer, pues escribir es ya una risa.

Bien, hay una temática que se me repite una y otra vez en la mente. Una que la verdad es que ya intento plasmar en algún que otro texto o poesía. Me refiero, a los demonios y los fantasmas, pero no a los de las pelis y demás. Me refiero a los que nos acompañan.

Quién me conoce sabe que siempre llevo tres cosas conmigo, siempre: mis pulseras y brazaletes, mis colgantes, y mi mp3.  Éste último es algo que llevo desde...desde los quince años, y me he comprado como diez ya. Simples mp3 inalámbricos, sin sorpresa ni ninguna originalidad.

Pero porque necesito música. Necesito tumbarme antes de dormir y escuchar algo. Necesito no pensar cuando ando y, por supuesto, cuando corro o voy al gimnasio, tengo la música elegida especialmente. Si hasta en el coche tengo la mala costumbre de llevarla siempre muy alta.

Pero es que hay gente que escucha música porque sí y, la hay de otra que lo hace para acallar los demonios que las acompaña. ¿Qué pasaría si escuchásemos siempre  aquella voz de ese rincón tan prohibido y vetado de nuestra mente? Yo, personalmente, tengo una estantería llena de cosas a las que no quiero mirar, cosas en las que a la mínima que mi mente se dirige hacia ellas, me incrusto música en mi interior.

Y eso son, los demonios. Seres, momentos, entes, vivencias. Todo, todo aquello que nos tortura con decisiones que tomamos, ya fuesen buenas o malas, o pensamientos que tenemos, o sospechas...¿Habré fallado el exámen? ¿Murió por mi culpa? ¿Estará ya con otro/otra? ¿Debería salir ya mismo a buscarla/lo?

Son ejemplos de cosas que nos duele pensar, y que por ende, nunca las respondemos. Las renegamos al destierro, pero no al olvido. No, porque nuestros demonios se encargan de ello. Se encargan de que no olvidemos, de manera poética y bella, pues sin ellos, yo no escribiría, que tenemos heridas en nuestro ser que nunca sanarán.

Y sin embargo, para mi, hay tres cosas que los calla:
-Una palabra.
-La música.
-O sufrir, y enfrentar esas mismas heridas.




La cosa es que aunque la música los silencia, no callan nunca. La cosa, es que enfrentarse a algo que retuerce todo un mundo interior es, en verdad, la peor de las batallas.
Y por supuesto, mientras leíamos este fragmento, todos tenemos esa palabra, ese nombre, esas sílabas que pronunciadas en nuestra mente nos azota y, a su vez, reniega de todo dolor, al menos por un instante.

Y sin embargo, tras toda batalla con los demonios, al final, hay silencio. Se callan, se van, huyen. Pese a ser nuestros propios demonios, aprendemos a desafiarles, de vez en cuando.

Y llega la verdad de nuestras cadenas. Los fantasmas.

Los fantasmas del pasado son quizás la peor de las cosas con las que lidio hoy en día. (He de admitir, aun así, que en Irlanda estoy jodidamente sensible, que veo una peli o me leo un libro y me salen lagrimitas enseguida, muy curioso)

Todos tenemos fantasmas. Todos. Desde el rey más feliz al vagabundo más miserable. Todos, porque es algo innato en nosotros. Y no hablan. No hacen ruido. No molestan, y no te siguen.

Pero aparecen.

Y al aparecer, no están en nuestro oído. Están justo detrás, Algunos abrazan. Otros acarician. Otros, quizás, besan ausentemente aquello que aún palpita. Pero ahí están. Y lo peor, quizás, es que no luchamos, porque al contrario que con nuestros demonios, no nos atormentan.

Solo  nos visitan, y su mera presencia abre lugares escondidos en el interior de cada uno.

Hay fantasmas de todo tipo. Hay momentos en los que pensamos y nos sacude un escalofrío gélido que azota y azota. Hay momentos que nos obliga a apretar los puños.

Y está el fantasma. Aquel que nos derrota. Aquel que no tiene paragón. Aquel que su sola mención nos paraliza, nos hace bajar la cabeza y, de manera automática nos obliga a reprimir lágrimas (O en mi caso, que parece que lleve de menstruación un mes, sin reprimir)



Y sin embargo...creo que no podría deshacerme de ellos. No podría, pues sin ello, si careciésemos de demonios y fantasmas, significaría que nunca hubo un momento mejor que ahora, y ello, por ende, significaría una vida vacía, triste, insoluta.

Y no.

El abrazo de mi padre.
Mi primer te amo.
Las historias más bellas que he oído de mi abuelo.
La frase más bella que jamás me haya dicho.
Mi primer beso bajo la lluvia.
Un simple viaje en coche con toda mi familia.
La canción que me acelera el corazón y me hace cerrar los ojos.

No. He tenido una vida bonita. Como tú. He tenido una vida que no cambiaría por nada, y sí, como todos, tengo esa maravillosa espinita que me hace apretar los dientes.

Pero como dijo Benedetti (Y fue de las primeras poesías que jamás leí):


tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.



Y nada, que como se dice, estar atormentado no es malo. Que las cosas más bellas de la vida vienen dadas por la rotura de una cadena, y por ende, si no la rompemos, seguiremos maniatados a un quévenir que, para que engañaros...a mi me encanta pensar en todas las cadenas que tengo por romper, aunque me duela.

Aunque haya noches en las que no duerma, por el sonido de sus eslabones.

Vicente Magraner Ripoll


jueves, 10 de septiembre de 2015

Ventanas



Pues no hubo ventana en la que mirase y,
aunque habiendo habido miradas olvidadas
no llegase a contemplar lugar en el que no la desease.

Pues así era el tiempo en síntesis,
una maldita ventana en la que recuperar el aliento,
una noche efervescente gris.

Y quizás era vacío en caos, pues en todo y en nada se hallaba,
entropía compadeciente en orgullo,
calor en hielo en una palabra acallada.

Y así, no hubo por haber lago que le saciase,
pues le tenía sed, y era desierto,
pues era esquiva, y le tenía hambre.

Que no solo se trataba de la luna en el cielo,
que era una promesa por cumplir,
que era una ventana al universo,
que se trataba de tener su sonrisa por vestir.

Y sin embargo, seguía siendo gris,
quizás era su deseo,
pero ella no se hallaba allí.






domingo, 23 de agosto de 2015

Epitafio en logro

مارس بیست و هشت

Me hallo, no en sitio ni en espacio, sino en tiempo, en el último, astral y cenital, de hecho. No hay saludo pues que os halle en justicia y, por ende, no encuentro mayor respeto hacia vos que mostrar mi mayor defecto, pues os tengo un corazón tan fiel que perdonaría toda ofensa, en pos de una mirada certera de vuestra abisal faz.

Que ya se halla lejos el calor que esperaba llegaría a calentar las funestas y hediondas entrañas de éste, un caballero perdido sin lanza, quizás gloria, pero sin sed ni hambre, solo plenitud de ausencias y amarguras.

Hay cielos con colores más vivos que los que en mi piel se aguardan, y sin embargo hay mayores penas en mi mirada, aún mentirosa y carente de alegría hacia el exterior incoherente, aunque sea mi interior un espejo roto, marchito, sucio y destartalado.

Que os hablo, poco y ya antes de partir. Hoy es más oscura la noche, aunque no han cambiado las estrellas, ni el estratosferio, ni siquiera la luna. Pese a todo, la noche es más oscura, y con ella, más oscura mi efímera bondad, marchita y herida de muerte.

Os hablo, como decía antes de sumergirme en mi propia locura, para adueñarme de las últimas gotas de valentía que en mi copa he hallado. ¡Que he bebido toda al rehuiros!

Pero mi buen mesonero me ha escanciado una potente ventura de fuerza, al menos, esta, por última, noche.

He hallado caminos insondables, y he cambiado de bandera. He visitado la historia en su plenitud y he abrazado una cultura orgullosa. He entablado espada contra enemigo vil y he resistido achaques contra las más buhoneras de las perversidades...

...he sido reo y verdugo, no sin antes ser mudo y ciego. He afilado y mellado armas en mi lengua. He surcado sudores y he sudado surcos. He notado la tierra tragarme y he abierto almas para sanar. Hay lugares en los que mi nombre se me conoce, más no es mi cara más que un espejismo desolado por lo que he sido y no volveré a ser.

He ennegrecido mi espalda con vuestras capitales, al menos, una de ellas. He conjurado el viento en pos de vuestro aroma. No quedame ya cambio alguno para corresponderle y me veo forzado a reciclar mis más avariciosos momentos con vuestro fugaz dardo en mis pulmones. De hecho, creo recordar como hay más de mi en vuestro reino de lo que jamás llegaréis a conocer.

La fortuna me ha sonreído, y no la he necesitado, os la he repuesto...¡y de qué manera! Que no hay cielo estrellado que no os envidie al danzar pues brilláis tanto que parece baile vuestro paso al andar.

Pero no, no retengo lágrimas y temblores arquetípicos para excusar o exigir, solo para aprovechar mi buen brebaje de bravura. ¡Qué valiente se es cuando el valor es mortaja del raciocinio!

En fin, que no he hallado ya motivo, antes de que mi nave zarpe, concuerde con una vida nueva y con un zenit en el que perder mi humanidad ya descrita y casi del todo despedazada. Y es por ello en que me veo empujado a amar.

A amar vuestra figura en una mente enmohecida pues nadie llegó a ella. A amar aquella mirada extasiada, o aquella sonrisa estática. A amar aquellos dedos finos...ay aquellos dedos...aún los siento acariciando mi mal doblada espalda, doblada ahora por el dolor.

He hallado caricias que han suscitado dolor en pena de recuerdo, pues no hay mayor tristeza que verte abocado a la ausencia de lo amado, y en vos...ay...que en mi la tristeza se ha consagrado y cebado, cuál verdugo...¡qué digo verdugo! Cuál ramera que me ha poseído noche tras noche.

He amado tanto vuestra mirada que no hay marcha en la que no me consagre en ella. He aprendido a escribir pero vos sois plato de mala pluma y se me quiebran todas con vuestro nombre, y sin embargo, heme aquí, tratando de conjurar alguna clase de deidad, pero no aparece, no os halláis.

He hablado tanto con la reina astral de la noche que he hallado en ella la más efectiva de las madrinas y acusadora de mis sueños, pues en ella os veo reflejada, y qué doloroso dulce me apuñala cuando, en ocasiones la miráis. Tenéis una mirada fuera de todo mundo imaginable.

Que sois dueña de mi corazón y mi cuerpo, de mi alma y de mi voz, las cuatro partes de mi que, en sucesión dolorosa, se rompieron, pero se hallan esparcidas, luchando. Que no hay tierra en el recuerdo que me oculte la luz para seguir avanzando.

Y bien, y mal y todo poco. Que ya viene mi galera, la veo en el oasis de la eternidad, donde no hay lucha, donde las apuestas ya han tenido lugar. Perdí, aunque aposté, y volvería a apostar, por ver las alas batir, no por mi corazón lograr latir entre tanto caos.

Porque sois ello, caos.

El más bello caos que jamás encontraré en mis aventuras, y que me azoten una y mil veces si antes de que, ya en mi ocaso, cuando mis dedos dejen de temblar y mi garganta exhale mi última risa, no os pienso, bella, humilde, única, e inocente.

El más bello, inocente y tierno caos del oeste, del este, del sur, y del norte.


Vuestro pues, hasta que la marisma se lleve mi esencia,
hasta que las gaviotas devoren mi ser,
y el sol seque mis heridas.

Eternamente vuestro.









sábado, 8 de agosto de 2015

Carta de un soldado ebrio

Demasiada oscuridad, por ende, no albergo en mi esperanza de saber en qué fecha me hallo.

Saludos.

Me repito y en ello convengo que soy certero, honesto y leal en mis palabras: demasiada oscuridad. Que no hay dios que el humano haya creado que en mi no deposite su mirada de terror al reconocer en mi una condena peor que la de Atlas o Pandora. Yo confieso un sufrir más grande que el hueco que en mi, poseo.

Me sincero conmigo y me doy cuenta de cuán mentiroso llego a ser, pues por si en algo soy cobarde es en serme sincero, y si en algo soy valeroso, es en reconocerme fiel y seguro en mis mentiras. Qué ironía que haya más altas y elevadas palabras para mi penar en labios ajenos, y menor consuelo en salivas desconocidas, que en una mirada tuya.

Miento, pero al menos, intento defender mi maltrecho corazón.

Os sé feliz, y me contenta. Os sé bella, y me atormenta. Os sé, vaya, si os sé. Que hay partes de mi acusadoras que, si no os preguntan a vos, no se van a dignar a volver a mi. Mi coraje, por ejemplo, o mi esperanza.

Parafraseando al poeta del que fui víctima, ya no somos los mismos. Yo soy un accidente de poesía y acordes. Tú eres mis versos perdidos. Y, una vez más en acotación, a lo lejos, alguien canta, pero solo si te recuerdo. Nítida.

He atravesado ya puertas y puertas. No he encontrado ventana alguna. He de seguir sin saber dónde voy y no hay luz. Qué odioso el tiempo, qué traicionero el espacio, y que triste el mundo.

Pero...ay mi Dulcinea. Que he buscado en tantos pechos un corazón con el que equilibrar la falta del mío que me encuentro desnudo de amor y vestido en duelos. Siempre pierdo, pero nunca caigo.

Que hay mayores cotas que alcanzar que solo mi penar, y sin embargo, son las hienas las que cada día me socorren en mi soledad, y por ende, no duermo. Soy el hombre de paja que no ha encontrado calabaza alguna, y decidió volverse soldado, sin valer para ello.

¡Casi lo olvido! Miento, más de lo que debería pero no lo suficiente como para sobrevivir. He sido testigo del nacimiento de una estrella y sigo ensimismado en tu renacer.  He visto el explotar de toda una nación, y sigo creyendo en ti, siendo mi patria.

Por ello, por ende y por lo tanto, me declaro fiel y cobarde, mentiroso y despreciable, pero al menos, y no sin recordar mi puño atado al vuestro, sé lo que es amor.

Y que no hayan mundos vacíos con alcohol.
Y que no hayan tinieblas si no es con tu voz al final de mi mano.
Y que no haya guerras, si no es con vuestro aliento como munición.

Que he sido llamado tantas cosas...loco, poeta, estúpido o suicida. Otros me han tildado de truhán e incluso falsificador de tiempos y emociones.
Yo añoro ser llamado aquello que me decías.
Ya sabes.
Tuyo.


Duermo.

E.M.S.A



lunes, 3 de agosto de 2015

"Le tengo que enseñar a no enamorarse"


Fue tan duro. Dios me conoce y me respeta cuando digo mirando al cielo pero con mis puños apretados, que fue terriblemente duro.

Nació, y tuve tiempo a abrazarlo una vez. Su pelo, el poco que tenía, estaba mojado entre sangre y otros líquidos. No me importó. Era mío. Mi campeón.

Aún no había tenido tiempo a darle un beso cuando entraron a arrebatármelo. El médico me contó que tenía el lado izquierdo del corazón mucho más pequeño que el derecho.

Nunca dejéis a un hijo en las puertas del quirófano, cuando lo arreglen a él, tendrán que empezar contigo, y para entonces, ya poco te importa lo que a ti te pase.

Estuvo ocho horas encerrado. Yo estuve las ocho fuera.

La operación duró las ocho horas, tres de ellas con el corazón parado.

El mío lo estuvo las ocho horas. Repito, aunque os hagan luchar por ello, nunca dejéis a un hijo en las puertas del quirófano solo.

Ocho horas, y salió. Vivo. Mi pequeño estaba vivo. Vi como su pequeño pecho se agitaba pacíficamente de arriba a abajo. Mi pequeño. Su cicatriz estaba tapada, y aun a día de hoy, se cierra más cada día, pero...la que yo llevo por dentro, no, esa tardará mucho más en cicatrizar.

El otro día le vi sonreír, y mi mundo brilló por un instante. Quizás ni siquiera sabía por qué sonreía. Quizás, porque sabía lo mucho que necesitaba verle feliz, al menos, por un instante.

Solo hay una cosa que me pesa, me pesa mucho.

Pero tendré que enseñarle algo muy difícil, pero en su caso, necesario.

Le tengo que enseñar a no enamorarse. No puedo dejar que le rompan el corazón, ya tuvimos que arreglárselo una vez.

Y el mío, no se recuperaría. Ya no.

Digo, mientras le veo en mi regazo, feliz, dormido, con su pequeño corazón unido al mío, y un mundo que pienso enseñarle de la  mano.

..........


Dedicado a Diego, a su padre que una noche me hizo llorar, y al futuro que le espera a su pequeño teniendo un guardián así.