jueves, 17 de septiembre de 2015

Acerca de los demonios y fantasmas.


Bueno, sé que me paso menos por aquí, pero es por la ausencia de tiempo con el ordenador, que la libreta de escribir la tengo llena, pero no me da ya casi para leer, pues escribir es ya una risa.

Bien, hay una temática que se me repite una y otra vez en la mente. Una que la verdad es que ya intento plasmar en algún que otro texto o poesía. Me refiero, a los demonios y los fantasmas, pero no a los de las pelis y demás. Me refiero a los que nos acompañan.

Quién me conoce sabe que siempre llevo tres cosas conmigo, siempre: mis pulseras y brazaletes, mis colgantes, y mi mp3.  Éste último es algo que llevo desde...desde los quince años, y me he comprado como diez ya. Simples mp3 inalámbricos, sin sorpresa ni ninguna originalidad.

Pero porque necesito música. Necesito tumbarme antes de dormir y escuchar algo. Necesito no pensar cuando ando y, por supuesto, cuando corro o voy al gimnasio, tengo la música elegida especialmente. Si hasta en el coche tengo la mala costumbre de llevarla siempre muy alta.

Pero es que hay gente que escucha música porque sí y, la hay de otra que lo hace para acallar los demonios que las acompaña. ¿Qué pasaría si escuchásemos siempre  aquella voz de ese rincón tan prohibido y vetado de nuestra mente? Yo, personalmente, tengo una estantería llena de cosas a las que no quiero mirar, cosas en las que a la mínima que mi mente se dirige hacia ellas, me incrusto música en mi interior.

Y eso son, los demonios. Seres, momentos, entes, vivencias. Todo, todo aquello que nos tortura con decisiones que tomamos, ya fuesen buenas o malas, o pensamientos que tenemos, o sospechas...¿Habré fallado el exámen? ¿Murió por mi culpa? ¿Estará ya con otro/otra? ¿Debería salir ya mismo a buscarla/lo?

Son ejemplos de cosas que nos duele pensar, y que por ende, nunca las respondemos. Las renegamos al destierro, pero no al olvido. No, porque nuestros demonios se encargan de ello. Se encargan de que no olvidemos, de manera poética y bella, pues sin ellos, yo no escribiría, que tenemos heridas en nuestro ser que nunca sanarán.

Y sin embargo, para mi, hay tres cosas que los calla:
-Una palabra.
-La música.
-O sufrir, y enfrentar esas mismas heridas.




La cosa es que aunque la música los silencia, no callan nunca. La cosa, es que enfrentarse a algo que retuerce todo un mundo interior es, en verdad, la peor de las batallas.
Y por supuesto, mientras leíamos este fragmento, todos tenemos esa palabra, ese nombre, esas sílabas que pronunciadas en nuestra mente nos azota y, a su vez, reniega de todo dolor, al menos por un instante.

Y sin embargo, tras toda batalla con los demonios, al final, hay silencio. Se callan, se van, huyen. Pese a ser nuestros propios demonios, aprendemos a desafiarles, de vez en cuando.

Y llega la verdad de nuestras cadenas. Los fantasmas.

Los fantasmas del pasado son quizás la peor de las cosas con las que lidio hoy en día. (He de admitir, aun así, que en Irlanda estoy jodidamente sensible, que veo una peli o me leo un libro y me salen lagrimitas enseguida, muy curioso)

Todos tenemos fantasmas. Todos. Desde el rey más feliz al vagabundo más miserable. Todos, porque es algo innato en nosotros. Y no hablan. No hacen ruido. No molestan, y no te siguen.

Pero aparecen.

Y al aparecer, no están en nuestro oído. Están justo detrás, Algunos abrazan. Otros acarician. Otros, quizás, besan ausentemente aquello que aún palpita. Pero ahí están. Y lo peor, quizás, es que no luchamos, porque al contrario que con nuestros demonios, no nos atormentan.

Solo  nos visitan, y su mera presencia abre lugares escondidos en el interior de cada uno.

Hay fantasmas de todo tipo. Hay momentos en los que pensamos y nos sacude un escalofrío gélido que azota y azota. Hay momentos que nos obliga a apretar los puños.

Y está el fantasma. Aquel que nos derrota. Aquel que no tiene paragón. Aquel que su sola mención nos paraliza, nos hace bajar la cabeza y, de manera automática nos obliga a reprimir lágrimas (O en mi caso, que parece que lleve de menstruación un mes, sin reprimir)



Y sin embargo...creo que no podría deshacerme de ellos. No podría, pues sin ello, si careciésemos de demonios y fantasmas, significaría que nunca hubo un momento mejor que ahora, y ello, por ende, significaría una vida vacía, triste, insoluta.

Y no.

El abrazo de mi padre.
Mi primer te amo.
Las historias más bellas que he oído de mi abuelo.
La frase más bella que jamás me haya dicho.
Mi primer beso bajo la lluvia.
Un simple viaje en coche con toda mi familia.
La canción que me acelera el corazón y me hace cerrar los ojos.

No. He tenido una vida bonita. Como tú. He tenido una vida que no cambiaría por nada, y sí, como todos, tengo esa maravillosa espinita que me hace apretar los dientes.

Pero como dijo Benedetti (Y fue de las primeras poesías que jamás leí):


tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.



Y nada, que como se dice, estar atormentado no es malo. Que las cosas más bellas de la vida vienen dadas por la rotura de una cadena, y por ende, si no la rompemos, seguiremos maniatados a un quévenir que, para que engañaros...a mi me encanta pensar en todas las cadenas que tengo por romper, aunque me duela.

Aunque haya noches en las que no duerma, por el sonido de sus eslabones.

Vicente Magraner Ripoll


1 comentario:

RECOMENZAR dijo...

genial como escribes nos cuentas con palabras maravillosas tu estradas