sábado, 19 de enero de 2013

La legión del norte.

Son tiempos peligrosos, éstos. La lealtad se halla en una discusión con la moral, así como la bondad se encuentra ausente allí por donde se busque. Las guerras, el hambre, las epidemias y plagas se ceban con nuestros hermanos,y los valores humanos,tales como la empatía o la unión se hallan sobre una cuerda floja.

Es en tiempos como éstos en los que los recuerdo a ellos en la guerra del pecado. Aquella que supuso un antes y un después. Aquella que pasó de estar perdida, a verse con todo un mundo para ser ganada, y entre ellos, estaba la legión del norte.

No eran muchos hombres. No asolarían el medio centenar, pero sus armaduras y sus cuerpos denotaban batallas mil, y sobretodo, su rasgo más característico: estaban locos como cabras.

Se cuenta de ellos, que tras las batallas de la tundra, allá hace ya mil años, se vieron involucrados en todas ellas. Entre ellos no se conocían, y que me cuelguen si alguna vez se producirá un encuentro más fortuito. En la primera batalla, eran un centenar, y solo la mitad de ellos asió sus espadas y empezó a gritar contra su enemigo. El resto se congeló, fuese por el miedo o por el hielo. Fue entonces cuando, los cincuenta echaron a correr, con sus cascos, sus petos, sus espadas, sus hachas, sus ganas de vivir y sobretodo, aquella mirada de locura que tanto les caracterizaba.

Vencieron en todas y cada una de sus batallas desde entonces, pues estaban locos, pero se protegían los unos a los otros con un fervor enfermizo, hasta el punto en que era más importante salvar a uno de ellos mismos que vencer una batalla.

Pero el tiempo podría acabar con sus buenas acciones, con su fama, así que hicieron un trato con un alto nigromante. Si les confería  la longevidad del viento, vivirían para siempre, y si algún día perdiesen su locura, morirían y serían sus siervos por el resto de los tiempo. Éste, por su parte, aceptó, maligo.

Pasaron pues seiscientos años en que confirieron esperanza sin límites a un mundo ya devastado, saltando con cañones, haciendo maniobras imposibles, luchando contra enemigos infinitos, gigantes, poderosos o incluso inmortales. Nunca perdieron, y se dice que fueron siempre felices,pues vieron la vida con ese toque de locura que nos falta a los humanos.

No te haces ni una idea de lo bien que nos habría venido la fuerza de sus corazones, pues no hay rasgo más fuerte que el creer en una causa perdida, que luchar por aquello en lo que se cree...locura lo llaman algunos, yo lo llamo valentía...

-Pero...has dicho habrían...¿Qué ocurrió con ellos?

Es una triste pregunta esa que me formulas, pues un día, se dieron cuenta de que la gente ya no luchaba. Se habían vuelto dóciles. Las guerras incluso eran entre humanos, hermanos contra hermanos...de locura lo tildaban ellos...no había batallas nobles que librar ni lugares donde se requiriese su ayuda...

Así que un día, los cincuenta, como último acto de locura, se enfrentaron entre ellos. Y murieron todos, allí mismo,en la tundra. Nunca se hirieron. Nunca llegaron a alcanzar sus pieles. Solo la manera en que se protegieron unos a otros fue lo suficientemente coherente como para que la locura desapareciese de ellos, y cayesen fulminados al suelo.

"Cuando la locura muera de un mundo en pleno conflicto, la valentía, la osadía y la esperanza se irán con ellos"

lunes, 7 de enero de 2013

La danza última

Por aquel entonces, la luna aún tiritaba lejana a su calor. Ellos reían de tal manera, gradual y cálida que los mismos astros lejanos a la faz de la tierra se les arrimaban para contagiarse de su mágica aura. Quizás no se conocían, quizás eran dos extraños, pero ella era una dama, y él un caballero.

Allí, sobre la más alta montaña en la parte más alta de la enorme isla, él se visitó de gala, con una seda inconcebible y un antifaz sin color alguno.
Allí, al otro lado de la formación rocosa tapizada con hierba centenaria, se encontraba ella, vestida con un traje de luciérnagas y una máscara de viento levantino.

Se cogieron de la mano, y se acercaron el uno al otro. Ambos, carentes de lo que se cernía sobre ellos, ambos, ausentes a cualquier clase de baile, fueron enfocados con la enorme y lánguida luz de la luna y las miles y vergonzosas luces de las estrellas.

Un espectáculo de color, olores naturales jamás creados, de sonidos épicos solo reservado a los valientes, una noche preparada para el mayor de los hombres y la más compasiva de las mujeres. Allí, él y ella, luz y sombra, temperamento y firmeza, corazón y alma; ambos, al fin y al cabo, bailaron la más bella de las más únicas piezas musicales jamás escuchada por un oído humano.

Ella apoyó su mejilla en su hombro, así como él besó su cuello, perfecto, mientras la atraía hacia sí. Quizás no supiese siquiera su nombre, quizás se tratase de la portadora de la más peligrosa de las maldiciones...

...y él quizás fuese el heredero de un peligroso y lejano lugar lleno de crueles costumbres, o un peligroso y enervado dictador...

...no sabían nada el uno del otro, excepto que aquella noche, eran los reyes del mundo, que desde el cielo, la tierra, y el mismo infierno, les observaron bailar como los mas diestros bailarines jamás concebidos.