viernes, 17 de mayo de 2013

Ni con Versia olvido...

Miles de pensamientos pasaron por la mente de Glornik al ver semejante territorio desolado por la inmundicia, por la podredumbre. No era más que una vasta tierra de gentes que en un tiempo atrás fue feliz, luchaba por sus sueños, respiraba y sentía en sus pieles y sus corazones la agonía de una vida que, aunque dura, merecía la pena ser vivida.

Sin embargo, ahora no eran más que muertos vivientes. Andrajosos personajes heridos en vida y revividos en muerte para servir por la eternidad, sin otro objetivo que trabajar, vivir y morir por su amo y señor.

Pero, al darse cuenta, no vislumbró diferencia alguna entre aquellas personas muertas en vida y esclavizadas para siempre, y algunas tierras humanas donde los poderes políticos asfixiaban tanto a los ciudadanos como el nigromante a sus siervos.

...

Aclarar que no voy a incluir éste fragmento en Versia, pero me horroriza la idea de que ni en mi novela pueda huír de esta situación...

domingo, 12 de mayo de 2013

En tiempos de crisis, dignidad ante la moneda.

Hace poco, oí una frase que me gustó:
"A mi parecer, ésta no es si no una crisis de valores, y no económica"
Y en verdad, pensé que quizás, y solamente quizás, aquellas palabras estuviesen más en lo cierto que cualquier político/economista/consejero. Pero creo que cabía profundizar más en ellas.

La mayoría, si no todos pensaréis en concepto básico de crisis de valores: Si estamos en crisis es por carecer de principios y de ideal de revuelta, en pos de una revolución con tal de reparar el daño hecho por una mala gestión por los que, en definición deberían ser los guardianes de nuestro país. En lugar de ello, optamos por una postura costumbrista dotada de aguante digno pero inútil. Permitimos que gente sin escrúpulos arruine no solo un país, si no el nombre de éste.

Pero tras ésto, hay una frontera escondida a la vista que no desentraña sus misterios.

En tiempos de crisis, en tiempos dónde escasean la moneda, los lujos, los presentes, poco a poco desaparecen y se reducen la valía del honor, el orgullo, la fuerza y, en última instancia, la dignidad.

La dignidad...

Una moneda épica escasa en estos tiempo. Con ésta, mi corta vida, ya he sido testigo de la pérdida de dignidad en pos de un deseo de personajes que creí ser portadores de la señera de un corazón inquebrantable.
Y la dignidad humana, bañada en nuestra valentía y tenacidad se merece más que eso. Si por defender tus ideales, creer en tus principios, si por luchar por una causa perdida contra uno o numerosos enemigos, tú solo o acompañado ves comprometida una meta, una moneda, un deseo o un tiempo mejor, opta por dar batalla, pues quizás nunca consigas lo que te propones y pierdas dichas apuestas, pero al menos conservarás el valor de tu persona, no obstante, si te rindes, si vendes tu dignidad al mejor postor y olvidas que la nobleza y la pureza se nutren de tus fuerzas, entonces sí, llegarás a tener bienes elevados, llegarás, quizás, a ser el más envidiado de los seres...

...pero habrá valido la pena no poder mirarte al espejo, a no poder lanzar una sincera mirada a los tuyos, a nunca poder recuperar aquello que te fue arrebatado por el vil metal: la dignidad?

Y si soy capaz de lanzar esta pregunta, es por haber apostado yo mismo, y haber elegido la opción que me permite sonreír sinceramente cuando es necesario, que me deja verme al espejo sin vergüenza, y abrazar a los míos pese a perder quizás, una oportunidad de vender mi alma por un bien.


lunes, 6 de mayo de 2013

Por un palmo de tierra

El joven soldado arremetió contra los enemigos. La pólvora barata, la metralla usada, las trincheras destrozadas, los gritos arrancados de sus compañeros.
Nada detuvo el avance de su espada y su yelmo.
Sintió miedo, terror, pero también orgullo. Su pecho se vio repleto de fuerzas solo comparables a las de un huracán, al terror de la desproporción abrumadora de la fuerza de un terremoto. Él era aquello y mucho más.
¿No era acaso un soldado de su país?

Cuando llegó a las trincheras enemigas, descendió y se batió en duelo con uno de ellos.
Y no era como él pensaba que eran. No tenía escamas, no tenía alas ni colmillos. Su baba no sobresalía de su cabeza. Su pelo era igual que el suyo y no se había abalanzado sobre él con ansias homicidas. De hecho, podía ver el miedo en sus ojos. Sus manos, humanas, temblaban blandiendo, no un tridente ni un hacha. Blandía una hoz, una triste hoz, mellad y gastada. Sus ropajes no eran armaduras con pinchos, ni restos humanos cosidos entre sí. Eran una camisa de tela blanca, un fajín rojo y unos pantalones ajados ya de tanto uso. Sin embargo, el joven soldado pudo observar algo en sus mirada. Quizás no era un soldado, por dios ni  siquiera era capaz de blandir aquella hoz de manera peligrosa. Quizás no tenía armaduras, como la suya, o la instrucción necesaria...
...pero aquel campesino, componente del terrible enemigo de monstruos que le habían mandado a él y a los suyos acabar, derramaría toda su sangre por aquellos y aquello por lo que luchaban. Y advirtió, entonces, que aquellos a los que sus gobernantes llamaban monstruos, enemigos del progreso, abadía de la oscuridad, o simiente del terror de un sistema en auge, no eran más que hombres con tierras propias que se negaban a ceder su patrimonio a unos enemigos repudiables.

Y el joven soldado sintió en sus adentros la mayor vergüenza que puede caber en un corazón puro, aún incorruptible, aunque consciente que aquella era una batalla perdida.
Y al arrojar su espada al suelo, en signo de paz, no pudo más que decir:
-Luchemos, al menos conservaré la conciencia limpia.

Y se cuenta que la luz que desprendió aquel acto hizo ver a sus compañeros, a sus amigos, a sus compatriotas, el terrible enemigo que estaban enfrentándose, y cesó la pólvora. Los cañones callaron, las armas dejaron de teñirse de sangre, y sin embargo, todos sabían que todo aquello era inútil. Sus gobernantes matarían y destrozarían a todo aquel que defendiese aquel palmo de tierra.